Era una plácida mañana de fines de marzo, el sol encandilaba en la Gorgorita y la playa resplandecía atractivamente solitaria. El cielo azul, el mar y el mate amargo, compartían sin estorbar, los pensamientos de Delmira. Un domingo especial, cómplice, que le concedía disfrutar junto a su hermano Martín, la coqueta y voluptuosa Barra de Maldonado que lucía sin pudor, toda su seducción.
Desde la reposera, situada al resguardo del viento, lo observaba con ternura. Enorme, con sus cien kilos y su metro noventa de altura, destacaba en el paisaje integrado entre las rocas. Curioso, él era una roca más: resistente y duro. Aquel donde uno se apoya, un sostén leal y firme, pero también un tanto avasallante y autoritario.
Luchador, tenía alma de conquistador, lo que emprendía no se le resistía: padre, aviador, basquetbolista, pescador, negociante y mujeriego por convicción. A todo le ponía la misma pasión. No se destacaba por ser el mejor, pero sí por jugarse a fondo en el logro de sus objetivos, que rara vez no alcanzaba.
Y allí estaba esa mañana dándole batalla a las corvinas. Lo miraba encarnar con cangrejo y mejillón, porque como decía “hay que darles lo que acostumbran comer, porque sino no pican…”
Delmira sabía que ese día no zafaba de comer pescado, ya le había advertido que para la previa del almuerzo tenían ceviche. No era su comida preferida, pero Martín combinaba ingredientes con buena mano logrando delicias que invadían las narinas de aromas excitantes.
-¡¡¡Ceviche: pescado y crudo!!!, le había protestado.
-¡¡¡Sí, pero fresco!!!, hace un rato estaba nadando. Además sellado con limón y aderezado con tomate, cebolla, morrón, jengibre y cilantro, un poco de sal y tabasco. Vas a ver, te vas a chupar los dedos. Confía en mí, ¿alguna vez te fallé?
Criado en Pocitos, a pocas cuadras de la rambla, su madre Estefanía le había trasmitido el amor intenso que ella sentía por el mar. Sin importarle las críticas de las escandalizadas señoras del barrio, le consintió compartir con los pescadores de la punta de Trouville, sus sudorosas actividades. Allí, viejos marineros de surcos grabados en la cara y piel curtida por la sal y el sol, habían adoptado a Martín, obsequiándole un abuelo y varios tíos. Con ellos aprendió a tejer redes, a encarnar y preparar sebo, a limpiar y filetear y todo sobre las artes de enamorar mujeres, que al decir del tío Pancho, “requiere la misma paciencia y dedicación”.
– “¡Ay! mi Martín Pescador”-, le reprendía cariñosamente su madre con una sonrisa, luego de quitar de la cama varias mojarritas muertas, que habían caído del bolsillo de su short. Ya libre de los pescaditos, volvía a acomodarse a su lado para retomar la lectura de “Kim de la India”, sus personajes los fascinaban. Las andanzas del niño espía junto al lama tibetano los unía en una complicidad que despertaba los celos de Delmira, la que se sentía excluida en esa sociedad auspiciada por Kipling.
Madre e hijo no sólo compartían lecturas, ambos eran de acuario, signo que los marcó y unió. De espíritu libre y arriesgado, Martín era las alas que transportaban las fantasías de Estefanía. Un esposo desequilibrado y obseso, ahogaba sus ilusiones de aventura, para resistir tanta locura se refugiaba en sus poemas. La escritura era para ella, además de un flotador, una suerte de recompensa y al mismo tiempo una sutil venganza: allí él no podía someterla, allí era completamente libre, allí era audaz, transgresora y soñadora.
-¿En qué estás pensando? tenés una cara dulce y triste como si estuvieras charlando con un querido fantasma.
– Casi. Estaba pensando en la vieja y en como influyó en moldear tu carácter: el gusto por la naturaleza y todo lo que la vida regala. Has sido un tipo que supo administrar su suerte, además de un gran hacedor, un gran gozador. No sé si sos consciente, pero ese fue el mejor legado que nos dejó doña Estefanía. Como ella decía, parafraseando a Juan Zorrilla de San Martín, “Vivir se debe la vida de tal suerte que viva quede en la muerte”.
Escoltados por los recuerdos, en busca de un ron con jugo de naranja que acompañara el ceviche y templara el espíritu, emprendieron animadamente el regreso. El entrañable afecto y un similar sentido del humor, borraban las diferencias, que por cierto no eran pocas.
Delia Correa Luna
Acompaña foto de “Pequeños Mares 2”, acrílico y resina sobre tela de 30cm por 24cm, Año 2018
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