Finaliza el 2022. Un año extraño diríamos. El fin (¿o no?) de una pandemia, una nueva guerra a las puertas de Europa que no termina; las graves consecuencias económicas de ambas calamidades. Grietas en todas partes del globo. Y como broche de oro: la copa de fútbol Mundial. Controvertida en cuanto al lugar y formato de organización. Pero la ganó Argentina. La esperada tercera estrella para el país y su ídolo.

Obviamente, eso hizo que en esta nueva colaboración en el blog de mi querida amiga Mir sea inevitable hablar del sentir del maestro sobre el fútbol. Desde siempre, especialmente en el Mundial 78, donde no solamente opinó sobre el deporte sino que dijo que ese evento “legitimaba un ejercicio de inmoralidad social imperdonable”, Borges hacía público su convencimiento que la “pelota hipnotiza al mundo entero y obsesiona particularmente a los argentinos”. En estos días de finales de diciembre de 2022 hemos sido testigos de la veracidad de esta afirmación.

A continuación adjunto párrafos de algunas entrevistas que diversos medios le hicieron al maestro hablando sobre el deporte más popular (o populista diría él):

●      La pasión por los deportes, la idolatría deportiva, pertenece a los defectos argentinos, ciertamente. Qué raro que siendo Inglaterra un país tan odiado –tan injustamente odiado– nadie le haya echado en cara haber llenado el mundo de juegos estúpidos como el fútbol que es uno de los mayores crímenes de Inglaterra. Una señora me dijo una vez: “Pero la gente pobre siempre ha jugado al fútbol en los baldíos”. Estaba equivocada. Cuando yo era chico no se jugaba al fútbol en los baldíos. Se jugaba a la riña de gallos.

(“Defectos y virtudes de los argentinos”, Alfredo Serra, 1975).

●      Jamás he visto en mi vida un partido. Primero porque soy casi ciego, segundo porque es parte del tedio, y además porque la gente que asiste a esos partidos no va por el fútbol en sí mismo, como deporte, sino exclusivamente para ver ganar a su equipo. Mientras dure el Campeonato Mundial de Fútbol me iré a cualquier parte donde no se hable de fútbol. El Mundial será una calamidad que por suerte pasará.

(“Borges también fue un genial maestro de la contradicción”, revista Ahora, 1986).

●      El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les  interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado sino que el partido fuera interesante…

(“La vigilia con los ojos abiertos”, Carlos A. Garramuño, revista Pájaro de Fuego, 1978).

●      He visto en mi vida como medio partido de fútbol. Una vez fuimos con Amorim a ver un enfrentamiento de selecciones. Jugaban Argentina-Uruguay, y yo sentía íntimamente que él –que era uruguayo– deseaba que ganara nuestra selección y a mí me pasaba a la inversa. Tal vez por la amistad y el respeto por el amigo, que ambos profesamos.

(“Reportaje de Menotti a Borges”, producción de Juan Carlos Mena, revista V.S.D., 1978).

Encontré además buceando en la biblioteca universal, que Honorio Bustos Domecq, alias que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares utilizaron en algunas de sus obras conjuntas, escribió un cuento que se llama “Esse est percipi”: Ser es ser percibido. Este relato no es muy conocido pero podría ser una metáfora de lo que hoy algunos opinan sobre el fútbol: un acuerdo tácito entre el negocio y la pasión.

Lo escribieron a cuatro manos en una noche cualquiera de 1967. El maestro y Bioy se impusieron la tarea de crear un cuento en el que el fútbol fuera una cuestión capital dentro de la historia. Ajenos a la pasión futbolera, concibieron el argumento de un cuento macabro para cualquier hincha: una conversación que dejaba al descubierto que el fútbol se había convertido en una representación dramática a cargo de un hombre en una cabina y algunos actores.

Aquí me parece relevante (además de compartirles más abajo el cuento completo), comentar quien “es” el autor fusión ideado por los amigos Borges y Bioy:

Honorio Bustos Domecq, autor de varias colecciones de relatos detectivescos publicados principalmente en 3 libros (1), posee una escueta biografía en la que se menciona que nació en la localidad argentina de Pujato y fue un escritor precoz que publicó sus primeras obras en la prensa de Rosario a la edad de 10 años. El seudónimo reúne los apellidos de un bisabuelo materno cordobés de Borges (Bustos) y del bisabuelo francés de Bioy (Domecq).”

La casualidad quiso que Bustos Domecq “naciera” en la misma localidad (Pujato, Santa Fe) que el actual Director Técnico de la selección argentina Lionel Scaloni. El entrenador como su coterráneo ficticio, puede calificarse como precoz dado su inexperiencia (decían sus detractores) en un cargo que exitosamente desarrolló en estos pocos últimos años: como entrenador ganó la Copa América 2021, la Copa de Campeones Conmebol-UEFA 2022 y el Mundial de Catar 2022. Según dice el maestro en el mini cuento La trama, “al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías;”.

Me sucede siempre lo mismo: encuentro siempre algo nuevo y revelador en la inmensidad de la obra borgiana. Espero que lo disfruten.

Les deseo que comiencen con esperanza y amor el nuevo año que comienza.

 

Esse est percipi

Crónicas de Bustos Domecq

Viejo turista de la zona de Nuñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia panorámica del periodismo nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, de cuya sede, sita en el Edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió, mate va, mate viene, pormenores de bulto que aludían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención de Zarlenga y Parodi, convirtiera el centro-half Renovales, tras aquel pase histórico de Musante. Sensible a mi adhesión al once de Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente, como aquel que sueña en voz alta:

-Y pensar que fui yo el que les inventé esos nombres.

-¿Alias? -pregunté, gemebundo-. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?

La respuesta me aflojó todos los miembros.

-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en los ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?

En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.

-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? -exclamé- ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De veras que se llama Ferrabás?

-Que espere -ordenó el señor Savastano.

-¿Que espere? ¿No será más prudente que yo me sacrifique y me retire? -aduje con sincera abnegación.

-Ni se le ocurra -contestó Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da…

Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:

-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.

Junté fuerzas para aventurar la pregunta:

-¿Debo deducir que el score se digita?

Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.

-No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

-Señor, ¿quién inventó las cosas? -atiné a preguntar.

-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.

-¿Y la conquista del espacio? -gemí.

-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientifista.

-Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?

-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.

-¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.

-Qué se va a romper -me tranquilizo. -Por si acaso, seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.

-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.

Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida.

(1) Seis problemas para don Isidro Parodi (publicada en 1942), Un modelo para la muerte (1946), Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977).

 

Acompaña foto de «Encuentro de Plauen sobre lámina», papel calado a mano by Mir Diaz Araya, 70cm x 50cm