Segundo viernes de 2021 y en la sección «Contame un cuento» volvemos a encontrarnos con la pluma de Cristina Juan, quien con este cuento «Una gripecita»  nos vuelve a hacer pensar en cuestiones profundas.

Que lo disfruten!

 

Debajo del ombú del que se había colgado, sobre el pasto, estaba el cuerpo de Salvador. Los pocos paisanos que habían llegado, lo miraban con pena, desconcierto y algo de morbo. Los observaban algunas ovejas, una yegua vieja, un chajá y tres pavos.

—Dos días de muerto, digo yo, por como está.

— ¿Decís?

—No hables pavadas. Yo lo vi antier pasar en la moto p´alla.

— ¡Silencio! —ordenó el comisario de la Policía.

Había venido desde el pueblo con el agente que había recibido la llamada de Gómez.

—Yo lo descolgué —repetía uno de los paisanos, como si fuera un estribillo.

— ¿Su nombre? —preguntó el comisario al hombre que se veía afectado.

—Braulio Gómez Ayala.

—Gómez. ¿Entonces usté encontró al finado?

—Así es señor comesario.

— ¿Y cómo es que usté estaba acá?

—Es que yo vivo en la casa amarilla, la que se ve allá ¿La ve? Y ayer no lo vi salir en todo el día y hoy de mañana, la doña me dijo que la portera de la entrada estaba abierta y golpiandose. Anoche levantó viento. Me vine p´aca. Y me lo encontré así al pobre.

— ¿Se lo encontró en el suelo?

—No, que esperanza, taba colgao de la rama del ombú. Se ahorcó solito.

— ¡Cómo va a tocar a un muerto en un situación así!

— ¡Y yo que voy a saber! ¡Me dio una desesperación, comesario! Yo lo conozco desde gurí —dijo el paisano, mientras se pasaba la mano, la que estrujaba la boina, por debajo de la nariz. Carraspeó para disimular la voz quebrada. —Pobre Salvador. Es que con todo lo que le pasó ultimadamente…

— ¿A qué se refiere? —preguntó el comisario a la vez que le ordenaba al policía que apartara a los curiosos.

—Y que entre el mes que pasó y lo que va d´este, se le murió la abuela, a la madre la llevaron a internar y no ha vuelto, y el padre se murió ayer…sí, ayer. Toditos juntos, La abuela la quedó acá, un ataque al corazón dijieron, habían llamado a la ambulancia pero con lo que había llovido, no llegó.  A la madre la llevó él en el camioncito del Alejo. Se debilitó de repente. Al hombre viejo lo vinieron a buscar, ardía de fiebre. La diabetis supongo. Igual no puedo entender —terminó Gómez, sacudiendo la cabeza.

— ¿Qué no puede entender?  —preguntó el comisario que había dejado de tomar apuntes para escucharlo con atención.

— ¡Por qué se mató! ¡La gran siete! Nunca fue muy empeñao en nada, ahhh ¡pero en matarse, sí! ¡Que lo parió, gurí de mierda! No sé si vio, pero me parece que se colgó de otra rama que quebró. Está atrás. Partida, con la cuerda atada. Él tiene…tenía un gurisito ¿Sabe? Allá en Carlos Reyles, chocho estaba. Se la pasaba mostrando fotos d´el. Además la abuela tenía como ochenta o más, no es que fuera una “disgracia” y con el padre no es que fuera muy apegao. La doña, la madre, no se murió entuavía. Taba bien de salú. ¿Por qué se iba a ahorcar?

Dos meses antes, a Salvador le había dado positivo al test para Covid-19 que le habían hecho en la obra, requisito para trabajar en el sector de la construcción.

— ¡La pucha que arde! —se había quejado con la enfermera.

—Si se mueve, tengo que empezar el hisopado de nuevo.

— ¡Afloje con el limpia bombillas ese que me metió en la nariz! — ¿Es que salí sorteao?

Volvió a su trabajo renegando. Era la tercera vez que le tocaba el control.

Cuando le avisaron que tenía que irse para aislarse y que volviera con un resultado negativo, salió echando espuma por la boca.

— ¡Que lo parió! Tan como locos. Puro pamento con el virus ese. ¡Y que cuidao con esto y cuidao con lo otro! ¡Pa´colmo que me aisle! No tengo nada. Ahhh, pero soy “Sintomático” según la vieja ésta.

No le dijo a nadie que se iba. Era la hora del almuerzo. Juntó sus cosas, se subió a la moto y salió de la obra. Anduvo unos tres quilómetros hasta que se encontró con el cruce de caminos. A la derecha, Carlos Reyles, a la izquierda, la casa de los viejos. Sin siquiera pensar, tomó el camino de la izquierda.

Repasó mentalmente las instrucciones: estar a metro y medio de otros, lavarse las manos y llamar a un celular que le habían dado por si tenía síntomas como fiebre, dolor de cabeza, tos, decaimiento o falta de aire. Solos, o todos juntos.

— ¿Si digo y me pasa como la vez de la gonorrea, que se enteró to´el mundo? ¡Un bicho era yo pa´todos! El apestao. Pucha que tá bravo. Tá, no digo nada y me hago el engripao así no se me acercan. No. A la vieja se lo tengo que avisar. Y… seguro que la vieja se lo cuenta a la mamma que no sabe dejar la lengua atrás de los dientes. Se entera el viejo y ahí se enteró todo el mundo. Siempre se le afloja la singüeso en el boliche. ¡Que lo parió! Llego y veo. ¡Tanto relajo por una gripecita e´ mierda!

Los siguientes veintiocho quilómetros, Salvador se lo pasó hablando solo, buscando razones para decir o no decir. Sin darse casi cuenta, absorto como iba, se encontró de pronto en la entrada. La casita pintada de amarillo estaba al fondo del predio. Adelante andaban mezcladas las gallinas, unas veinte ovejas recién paridas, la yegua que tiraba del carro, el chiquero con tres cerdos, el tobiano, la tordilla, unos patos y un chajá que seguro estaba de visita.

Aceleró la moto y recorrió los cien metros desde la portera hasta la casa. La abuela fue la primera en saludarlo. Le dio un abrazo antes que pudiera decirle nada.

—Mamma no se me acerque que ando medio jodido. Una gripecita nomás.

— ¿Pa´que andás en esa moto de porquería mijo? Te da frio. Dentrá que hice guiso. Ta pa´chuparse los dedos —respondió la abuela.

Pudo zafar del saludo a los padres con la excusa de la gripe. Dos días más tarde, estornudó en el baño por el polvillo de los árboles. Se frotó la nariz por la picazón y con la misma mano tiró del cordón de la cisterna. Se lavó bien las manos antes de salir. La madre fue la siguiente en tirar de la cisterna. Un día después, estaba sentado debajo del sauce comiendo una manzana. Cortaba un pedazo de fruta, lo sostenía con la hoja del cuchillo y se lo llevaba a la boca.

—Tá lindazo el día —le dijo el padre que se sentó cerca. Salvador se apartó como quien no quiere la cosa. Calculó un metro y medio de distancia.

—Lindazo mismo —contestó mientras estiraba el brazo con un trozo de manzana sobre el cuchillo. El padre lo tomó y se lo puso en la boca.

A la abuela la había encontrado en el galpón. Estaba caída sobre la bolsa de las papas que había ido a buscar para la comida.

— ¡Mamma! —le había gritado mientras la sacudía. Por respuesta, una mirada espantada y aspiraciones largas con ruido a ahogo.

“Paro cardio respiratorio”, había dicho el doctor. Dos días después, la madre de Salvador no podía más del dolor de cabeza, la tosecita no era como para alarmarse, pero igual decidió llevarla a la sociedad médica. La habían dejado internada. No oxigena bien, le habían dicho.

El padre andaba raro, decaído. No decía mucho. Sentado en la puerta del galpón, podía pasar el día mirando la nada. Parecía que su cabeza estaba en otra parte. El día siguiente a llevar a la madre, no se había levantado. Salvador fue a la pieza y lo encontró tapado con dos acolchados y el poncho de paño. No podía hablar. El único sonido era el de los dientes chocando entre sí como desacatadas castañuelas. La ambulancia se lo había llevado.

Salvador estaba sentado en el suelo, con la espalda contra el ombú cuando sonó el celular. Era el médico del padre para decirle que había fallecido por Coronavirus. A continuación había empezado a explicarle que se tenía que hisopar en siete días si no tenía síntomas, o de lo contrario, enseguida, que tenía que evitar el contacto con otros, aislarse.

Dejó el celular tirado, al médico hablando sólo, y como un autómata, un sonámbulo o un resignado condenado a muerte, se encaminó al galpón. En lo único que pensaba, es que esperaría a que se hiciera de noche. Si, los vecinos eran muy chusmas.