A partir de ahora, en la categoría «Contame un cuento», incluiré cuentos y poemas de escritores amigos.

Aquí comparto «Tacones», un cuento de Silvina Rinaldi.

Espero que lo disfrutes!

 

«Una mañana de octubre me encontraba en la Estación Río del Subte A, feliz con mis nuevos zapatos gamuzados color borravino.

Era hora pico y casi un imposible subir.

En base a mis años de experiencia subterránea tengo una probabilidad de alrededor del 75% de incorporarme al  próximo tren.

Me paré firme en mi metro cuadrado compartido del andén, no cedí ni un centímetro, observé a lo lejos las luces  que se acercaban lentamente en dirección al centro de la ciudad y con un sonido ensordecedor, se detuvo el quinto vagón del tren de las 8.05 am justo delante de mí, quedando en una inmejorable posición frente a la puerta, tomé la cartera entre mis manos, y la marea humana me subió sin permiso.

Me acomodé cercana a la fila de asientos y así, milagrosamente, la señora del tercero a la izquierda se pone de pie ansiosa e intenta hacerse espacio para bajar.

Creo que en 7 años de recorrido a esta hora es la primera vez que me enfrento  a un asiento vacío.

Me abalancé sin respeto ni permiso y me acomodé plácidamente en lo que denominé la butaca de la suerte.

Me sentí una reina.

Guardé en la cartera mi celular y en un acto reflejo  chequeé  que estuvieran la billetera y el portadocumentos.

Mientras la cerraba levanté la vista y la ví: menudita, paliducha y embarazada!! Rodeada de mochilas, carteras e insensibilidad.

Admito que bajé al inframundo, peleé con mis instintos más salvajes, callé un par de monstruos, y agotada me puse de pie sobre mis gamuzados y le hice señas para cederle el asiento.

Me agradeció con un  conmovedor y ahogado Gracias!

Me subió un calor interno fuerte que lo traduje en enojo, no tenía muy claro si se dirigía a ella que no supo exigir un lugar, al gentío por no hacerse cargo de la necesidad del otro o a mí que tomé la responsabilidad y la puse en acción, así que, codeé, empujé y me ubiqué en el lugar de mi preferencia, frente a mi trono perdido.

Teniendo aún en mente aquella malograda escena, advertí la presencia  de un musculoso  de camiseta blanca de algodón, alto y morocho que estaba en el vagón.

Lo doblaba en edad, pero me despertó un instinto sensual que hace rato no experimentaba. Creo que el hecho de haberme subido a los tacones esa mañana me amigó con ese costado femenino más lanzado que extrañaba tanto.

Últimamente me sucedía que no me registraba en  la imagen que me devolvía el espejo, había notado la acumulación de adiposidades en zonas difíciles de dominar y con la mentirosa y vacía promesa de bajar un par de estaciones antes de la oficina para ejercitarme, había transformado a las poco sexies zapatillas en mis aliadas diarias.

No era el caso de esa mañana donde intencionalmente participé en un juego de seducción con este treintañero al que miré provocativamente sintiéndome como mujer madura y experimentada dueña del momento y la situación.

Suelo decir, parafraseando, que el vagón se transforma muchas veces en un gran “tetris”, ese juego de ingenio donde las piezas se ubican de tal manera que no deben quedar espacios vacíos.

Normalmente los usuarios tenemos una habilidad especial para encontrarlos y las mujeres para entender la psicología del hombre cuando entra en acción.

Percibí mi pelo electrizado y supe que era su respiración  sobre mi nuca.

Me rozó con su cuerpo y no me molestó, al contrario, me atrajo tanto  que imperceptiblemente me moví unos milímetros hacia él.

Apoyó su mano en mi cadera y un escalofrío recorrió mi cuerpo, la extendió hacia mi muslo interno y reconozco haberlo sentido dueño de la escena, me apretó contra él, no me atreví a tocarlo, pero sentí su cuerpo rozando el mío y mi ritmo cardíaco se aceleró, su cercanía era tal que el solo hecho que me susurrara al oído me transportó a un lugar sugestivo y me permití vivir una historia alocada con un completo desconocido que tenía mi misma intención.

El juego duró unos minutos y me encantó, me llevó a cruzar un puente apoyada en una sensación misteriosa y profunda.

Los altoparlantes indicaban que llegamos a Lima, la estación donde se combina con la línea C, delicadamente besó mi cabello y bajó con el gentío, se detuvo del otro lado del vidrio que oficia de ventana y me regaló una sonrisa emulando un beso.

Así de sencillo fue  como quedé sola, enfrentándome a la escena de los pocos que quedaban compartiendo el vagón conmigo.

Percibí algunas miradas inquisidoras pero nada me importó. Solo volver a mi eje.

La embarazada me toca la mano y me dice:

-Sra:- Tiene la cartera abierta

Inmediatamente hundo mi mano en ella y me doy cuenta que me falta la billetera y el portadocumentos.

Continua…..

-Le falta algo?

A lo que contesto firme y contundente-

-Por supuesto que no!