A partir de este viernes, en “Contame un cuento” nos acompaña Delia Correa Luna quien, con sus cuentos, nos invita a un recorrido super visual, intimista, y nos deja imágenes que te prometo tocarán tus emociones y quedarán guardados en tu memoria.
Como dato anecdótico, es posible que encontremos pequeños poemas al inicio de sus cuentos, como en el caso de hoy.
Aquí compartimos uno que habla del amor, amistad y lazos intangibles.
Que lo disfruten!
La noche
me cubre
de dudosa
ilusión
La noche
ardiente pasión,
y silencio de ausencia.
La noche
teñida de desliz,
el desvelo,
inclemente juez.
La noche
amiga enemiga,
siempre,
proemio del alba.
Odiosos gatos, no conocen de discreción, su escandaloso cortejo nuevamente me despierta. La estridente cópula acentúa mis sentidos, ¿es un niño llorando o el espinoso estímulo del gato?
Elijo el calor veraniego al desgarrador gemido y cierro la ventana que da al exterior. Mi apartamento no tiene espacio para secretos, es un monoambiente que, en las noches, mis dedos recorren sin necesidad de luz que los guíen. Está pegado al ascensor, frente vive un matrimonio joven, que suele viajar al sur de la Argentina. Aprovechan el ascenso de la temperatura para visitar a sus padres, al tiempo que disfrutan, de la belleza de los hielos. Alberto y Mariana partieron ayer, pasaron por casa a despedirse y solicitarme les riegue la planta que adorna su puerta.
Vivo en el último piso y me sorprende el ruido del elevador, agudizo mi oído, oigo como se detiene, escucho el correr de la puerta interna, luego el golpe de la exterior. Me inquieto, salto de la cama y corro a la mirilla. El pasillo está encendido, señal inequívoca de que alguien descendió, no veo a nadie. Pienso, -“esos gatos lujuriosos me han dejado nerviosa, seguramente fue abajo, porque en el corredor no hay persona alguna”-.
Nuevamente en la cucha, respiro profundo, ni pizca de sueño. Imágenes de mi amiga Carolina se imponen, tan querida, tan bondadosa, miro al cielo y preguntó con rabia -¿por qué te la tuviste que llevar?, ¿no te alcanzó con el abandono de su hombre?, ¿ni por un instante, se te ocurrió pensar en su hijo? ese pobre joven, que el diablo tienta a diario, ¿no te das cuenta, que tanto dolor, lo hace flaquear? Te juro, hay veces que no te entiendo, pero sigues siendo, eternamente, el guardián de mi alma-.
El calor me agobia, tiro las sábanas a los pies y resoplo. Vuelta para un lado, vuelta para el otro, siento un sollozo apagado y me digo que debe ser mi corazón, no, es real, viene del pasillo. Arrimo la oreja a la madera, olfateo un olor extraño, no es feo ni rico, solo es ajeno. Mis nervios se tensan, vuelvo a mirar por la mirilla y otra vez nada. Pienso en llamar a la policía, ¿pero que les voy a decir?, que huelo un olor que no es el mío, que me parece que alguien gime en un susurro, pero que si miro el corredor está vacío, creerán que soy una demente que el calor no deja dormir, y quizás tan desacertados no estén.
Me preparo un vaso de leche con miel, nuevamente los sollozos, está vez más agitados y afligidos. Me impongo superar el miedo y pregunto:
-¿Quién está ahí?
-Abrí mamá, soy yo.
-¿Andrés? No, tú no sos Andrés.
-Soy Joaquín mamá, abrí por favor. Te extraño mucho.
¡Por Dios! Juaco, el hijo de mi amiga Carolina, el hermano que la vida le regaló a Andrés.
Nacieron con días de diferencia, compartieron edificio, juegos, escuela y la juventud, hasta que Andrés se ennovio y se fue a vivir con Agustina.
-Entra querido muchacho.
-Mamá…
-No corazón, soy tía Laura.
-Tía no puedo más…
-Lo sé hijo, lo sé, pero con alcohol lo único que harás es empeorar las cosas, imposible olvidar a tu madre. Ahora, el dolor es cruel, amargo, insoportable. No te engañaré, con el tiempo el dolor seguirá existiendo, jamás se irá, pero se volverá dulce, amigable y llevadero. Cuando formes familia y lleguen tus niños, gozarás compartiendo con ellos los recuerdos acaparados, serán momentos en que una tibieza arrebatadora te envolverá y sentirás su mano, acariciando tu hombro.
¿Qué te parece si mientras te preparo algo para comer, te das una ducha? En el cuarto de Andrés, en la cómoda, encontrarás ropa para cambiarte.
-Me hizo mucho bien el agua caliente, estaba de más. Qué mesa, es un goce.
-¿Te gustaría dormir un rato y cuando salga el sol, irnos a caminar por la playa y pegarnos un buen zambullón?
-Sí, estaría buenazo.
-¿Quieres al volver, que pasemos por la pescadería y compre mejillones? Te preparo la receta con arroz y azafrán que tanto te gusta y almuerzas en casa.
-¿En serio? Hace mucho que no como una comida sabrosa, hecha con cariño, como le gustaba decir a mamá “con aroma a hogar”.
-Entonces no hay más que hablar, pégate una siestita y después vamos a dar unas brazadas.
Se acostó y quedó profundamente dormido, Laura le dio un beso en la frente y sintió su respiración serena, ya no tenía un olor desconocido, emanaba a esencia de hijo.
Delia Correa Luna 22 de noviembre de 2020
Hermosa historia!!!!y tan real!!! Me gustó mucho!!!!