Otro viernes de «Contame un cuento» en el que Cristina Juan, nuevamente nos hace reír y reflexionar a la vez. Aquí los dejo con ella.

 

Dicen que lo maté pero yo no me acuerdo y menos de cuarenta y cuatro puñaladas, como me contaron. Vi las fotos, casi me desmayo, parecía un saco de carne picada, un hombre tan grandote como era y yo, una mujer menuda, flaquita de un metro cincuenta apenas.

¡¿Cómo lo iba a matar si lo amaba tanto?! Y él a mí, por supuesto. Nos llevábamos lo más bien, hasta estábamos haciendo planes para vivir juntos. Yo quería que él se mudara a mi casa y él, que yo me fuera a la suya. En eso no nos habíamos puesto de acuerdo.

Lo último que recuerdo es que estábamos en mi casa, mirando Netflix, tomando una cerveza. Él estaba pensativo. Le ofrecí unas papas chips, que le encantaban y no quiso.

De repente me mira y me dice:

—No sos vos, soy yo.

A partir de ahí no supe de mí. Recuerdo que evoqué a mi primer amor. Mío literalmente. Sólo mío en realidad, él nunca me registró. Yo lo miraba con ojos de carnero degollado y cuando creía que me estaba viendo le hacía una morisqueta seductora. Nada. En las vacaciones de invierno se fue de paseo a Rio de Janeiro con los padres. ¡Ay, como lo extrañé! Escuché tanta música brasilera que casi terminé hablando portugués. Cuando volvió, se arregló con mi mejor amiga. Maldito.

Tendría catorce años cuando me volví a enamorar. Esta vez parecía correspondida…de a ratos. Jugábamos a “verdad o consecuencia” Nos colocábamos en ronda alrededor de una botella que hacíamos girar. Cuando se detenía, si el pico apuntaba hacia ti, teníamos que optar por decir la verdad o aceptar las consecuencias. Cada vez que le preguntaban si gustaba de mí, el muy podrido decía “no sé” Yo me sentía morir, el corazón me palpitaba más fuerte y empezaba un sainete de tres días durante los cuales yo le rogaba que me dijera que le gustaba y el, se hacía rogar. Duró unos seis agónicos meses hasta que un día me dejó sin más.

Pasé tres años en abstinencia de amor. Cuando conocí a Charly, tenía diecisiete años, él un año más. Era un galán. Celulares no habían por ese entonces, así que yo pasaba pendiente del único teléfono de la casa. Cuando ya había perdido todas las esperanzas, los sábados, a las ocho y media de la noche, sonaba el teléfono, yo me abalanzaba para escuchar a Charly decir: “Flaca, ¿nos vemos en el baile?”. No esperaba mi respuesta, ya sabía que iba a ir.

No era muy conversador, por eso el día que me anunció “tenemos que hablar”, supe que se había terminado. Igual hablamos, e igual me dejó. Dos años había invertido en el desgraciado, dos años más el año que estuvo en la vuelta. No estaba conmigo pero tampoco me dejaba ir.

No sé cómo fue que conocí a Rodolfo. Fito, le decían. Tendría yo unos veinte o veintiún años. El, cinco más que yo. ¡Al fin tenía una pareja consolidada! Fito proclamaba su amor por mí a quien quisiera escucharlo. Ahhh, no había habido en este mundo un ser tan enamorado como Fito. Yo al principio estaba encariñada pero tanto amor, me conquistó.

Cuanto más enamorada estaba yo, más dudas tenía él. ¿Dudas el infeliz? Yo era jamón del medio para él, un papa frita, un badulaque, pusilánime, perseguido y sin carácter. Pero era lo que había, y yo no iba a dejarlo ir. Cuatro años invertí en Rodolfo, cuatro años para que un día, después de llenar de aire sus pulmones, me soltara: “es que no te merezco”

— ¿Qué no me merecés? Claro que no me merecés, yo te doy veinte vueltas. No me vengas con frases  estúpidas como “no tengo nada que ofrecerte”, o “vas a encontrar a alguien mucho mejor que yo” o, el colmo de los colmos: “no sos vos, soy yo”. Nooo, mijito, esas son el preludio de los actos de desaparición.

Grité tanto que ni escuché cuando se fue.

Cuando conocí a Raúl, el occiso, no me deslumbró. Había jurado no volver a enamorarme. Trabajábamos juntos y me fue conquistando de a poco. Un crack.  Todo anduvo de maravillas hasta que pronunció esa frase. No sé qué pasó después.

Una amiga, que  me vino a ver a la cárcel me dijo que Raúl había muerto en la ambulancia. Pobre. Si, una vecina llamó porque dijo que escuchó gritos. Parece que él le llegó a susurrar a la vecina: “le estaba diciendo que no era ella la que se tenía que mudar, que era yo” y pum, murió.

Cristina Juan

Noviembre de 2020

 

Acompaña foto de «Confusión», papel calado a mano de 29cm x 19cm, año 2020