¿Quién soy? Nada te diría mi nombre. No soy la que se mira en el espejo. No soy solo mi cuerpo desgastado, ni mis sentires a flor de piel alborotando el paso de las lunas. No soy ya la que fui, ni la que en este momento se percibe. Ni aun la que será mañana a esta misma hora, o antes o después.
Soy un estado transitivo con forma de mujer. Apegada a los roles circunstantes. Celebrante de la vida. Enamorada del amor como la única posibilidad de encuentro con otros. Atravesada por siglos de sumisión y rebeldía.
Se me han ido cayendo del abrazo ancestros queridos y desconocidos, unos cuantos amigos, muchos ideales y sueños. Y he sostenido en el abrazo el ansia de cordura y de certeza, de Pan y Paz, de Palabra y Paz, de Luz y Paz.
He ovillado en el tiempo el hilo de los afectos más cercanos que le da consistencia a la urdimbre del día a día y evita que vuele, aire en el aire, soplo de nube, instante en la eternidad.
Es julio. Es una mañana transparente. He bebido la luz helada, he comido la naranja más dulce, he sentido en la cara la caricia apurada del viento que se transformó en embate a los pocos minutos de empezar a caminar.
Estoy en el camino.
Dicen que hay tantos caminos como peregrinos.
Digo que acepto los riesgos de la intemperie, el desafío de los encuentros, el ritmo cambiante de la marcha, lo imprevisible del minuto siguiente, la gratificación de las pausas, el miedo tan lacerante como el frío, la incertidumbre tan quemante como una brasa en la mano, la soledad en la toma de decisiones,
la constancia del paso adelante y la posibilidad del paso atrás.
Pasa una joven a mi lado. Su mirada escapa de unos ojos amoratados. La abrazo sin palabras. Aunque nos separamos, sigue en mí. Sigo en ella.
Pasa una joven a mi lado. Soy apenas un punto en la mirada que abarca todo. Canta en voz alta. Desafina y canta. Desafía cantando. Y me encanta.
Avanzo hacia un grupo. Me detengo. Reconozco a los líderes A los que acatan por temor. A los que sufren humillaciones sin rebelarse. A los que cuestionan y argumentan. A los indiferentes. A los que se concentran en no perder la próxima oportunidad. A los tímidos disfrazados de valientes y a los valientes carcomidos por el miedo. Sin distinción de género. Diversos y únicos. Jóvenes. Presente sostenido. Inclaudicable adhesión a la vida… aunque tal vez alguno claudique sin que sea su hora.
Antes de ver, el vocerío fue como un latigazo en el estómago. Alerta y casi temblando de miedo me acerco al círculo que rodea a dos hombres que intercambian golpes e insultos. Todas las guerras de todos los tiempos resumidas en dos hombres y sus seguidores. Enfrentamiento. Destrucción. Caos. Dolor que se perpetúa.
Me alejo, aunque algunos fragmentos de mí quedan como banderas desflecadas sobre el campo de batalla.
Me siento al borde del camino. Estoy en una meseta que se abre como mirador hacia la planicie que se me ocurre como de tierra prometida. Aquí y allá se alternan como piezas de un puzzle, todos los matices del verde y el amarillo desde el ocre al marrón. Parcelas sembradas. Tierra arada. Un aroma de vida me llega desde las columnas de humo que se alzan de las chimeneas de casas pequeñas, guardianas de la intimidad de las familias en esa hora de regreso del trabajo y comienzo del descanso junto al fuego. También los pájaros regresan.
El sol está en el gran final de su regalo diario encendiendo de rosados, lilas, violetas, anaranjados y rojizos un horizonte que se me hace más cercano.
Una roca oscura y fría me sirve de asiento.
Mi piel es la frontera entre el aire gélido que planea sobre ese lugar y mi centro. Protejo mi piel arrebujándome en el abrigo que no parece suficiente. Flexiono mi torso sobre los muslos y abrazo las piernas. La esencia de mi centro es un pozo en el que el agua, siempre en movimiento, diluye mi imagen. Y hace aparecer otras. ¿O siempre es la misma? La niña de una única lágrima infinita. La de la carcajada sin dientes. La que cantaba canciones de cuna a los muñecos y oficiaba de carpintero creando muebles con cajitas de fósforos. La que se alió a todas las rebeliones, pegando con engrudo la cometa de sus sueños.
Miro alrededor. Otras piedras, de diferentes tamaños, parecen estratégicamente dispuestas como para destacarse, símbolos de totalidad, de cohesión y firmeza. Oí alguna vez que la piedra es la música petrificada de la creación. Una música, pienso, no sometida a las leyes del cambio, la decrepitud y la muerte.
¿Quién soy? Me estoy buscando. Llevo años tratando de asirme y me convierto en polvo de alas de mariposas en mis dedos.
María Cristina Laluz
Acompaña foto de «Amazing», acrílico sobre tela de 120cm x 100cm, año 2018.
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