En la Sección «Contame un cuento», te vuelvo a proponer pasar un momento agradable con este cuento de Cristina Juan, que como en sus anteriores, nos pega fuerte en alguna emoción; nos hace reír, a veces, de nosotros mismos y nos deja reflexionando.
Que lo disfrutes.
— ¿Yo de jogging? ¡Ni loca! Bastante me ha quitado esta cuarentena con el maldito cobicho, como para cederle también los derechos de mi imagen. Fijate que convivimos las veinticuatro horas. Hay que conservar algo de la magia en el matrimonio.
Mi amiga contestaba, sin mucho entusiasmo, con algún monosílabo.
— ¿Ves? Estás así por no ir a la peluquería —continué con fervor —Y por usar deportivos bolsudos. Tiralos todos. Son la tumba del romanticismo, el preludio del divorcio — sentencié.
Habíamos hablado por teléfono más de una hora y media. En realidad, había hablado yo la mayor parte del tiempo. Cuando cortamos, mi oreja izquierda estaba roja y la casa oscura. Ni siquiera me había dado cuenta que se había hecho de noche y era la única persona despierta. Me relamí como un gato: la noche es mi momento, cuando hago lo que quiero sin que nadie me interrumpa, cuando nadie me ve.
Decidida a poner en práctica mis propios consejos, comencé por la cúspide. Con la colaboración del secador y la planchita, puse cada pelo en su lugar, como debe ser. La humedad no es mi amiga y me juega malas pasadas así que, recurrí a los viejos y queridos ruleros que, por supuesto, nadie sabe que tengo. Me delatan. Los aparatos en cuestión son como de una especie de tubo de velcro color verde y miden cinco centímetros de diámetro. El único inconveniente de la noche es que veo menos que de día. Maldita presbicia. Tuve que usar el espejo de aumento para enrollar los mechones de pelo en cada segmento de caño verde, de dos pulgadas. Cuando terminé, parecía E.T., el extraterrestre cabezón. El espejo de aumento, tampoco es mi amigo. Resolví hacer algo con mi cara. Revolví el cajón de los productos de maquillaje y afines.
Con el asunto este de la pandemia, no había repuesto mis implementos de tuneo. No iba a salir a contagiarme para comprar esas cosas, al fin y al cabo, luego de años, había juntado muchas.
Rimel, sombras, polvo compacto, base y labiales, abundaban, pero yo quería aplicarme una buena máscara facial, que removiera todo lo que sobrara.
— ¡Eureka! —exclamé cuando por fin encontré una. Vencimiento 06/2014, leí.
Los medicamentos tienen un plazo como de seis meses luego de la fecha de su supuesta expiración. Me lo había dicho el farmacéutico una vez, así que, para una máscara, seis años, seguro que no eran nada.
Para no ensuciarme el pelo, me puse una vincha de tela de toalla con unas graciosas orejitas de conejo. Un amor.
La máscara estaba un poco espesa. Me tuve que ayudar con una espátulita, de esas que se utilizan para untar manteca. Con esfuerzo, la distribuí por toda mi cara y cuello. Las indicaciones de uso estaban un poco borrosas. Media hora, pensé. Con eso bastaría.
Cerré los ojos y esperé. Me dormí. Soñé que me estaban embalsamando viva. Quería abrir la boca para pedir socorro y no podía. Desperté de golpe. Instintivamente me llevé las manos a la cara y toqué una cosa pegajosa medio fraguada. Quise abrir los ojos y no pude, tenía las pestañas pegadas. Respiré hondo, una vez, otra vez y de nuevo. Calma.
—Seguro que me saca todas las impurezas y mi rostro quedará lozano —me dije
Con esfuerzo conseguí abrir un poco uno de los ojos. Acerqué el pomo de la cosa y pude leer que decía “retirar desde abajo hacia arriba del rostro”.
— Una papa —pensé mientras trataba de encontrar la frontera entre mi piel y la argamasa. La encontré, pero estaba tan tensa, que era como como pellizcar una pelota. Comencé a tratar de mover algún músculo a ver si lograba cuartear a la porquería de máscara pero nada.
Media hora después, con mucho esfuerzo, uñas mediante, logré desprender una pequeña punta de la que me agarré como si de un rencor se tratara.
Comencé a tirar… ¡Ay Dios mío! ¡Que dolor más espantoso! La masa pegajosa debía ser pariente de La Gotita. La fui retirando de a tiritas, sentía que me estaba despellejando viva.
Salieron las impurezas junto con lo que sobraba de la dermis, lo que no sobraba de la hipodermis, los bulbos pilosos, glándulas sudoríparas, vasos sanguíneos y hasta el corpúsculo de Pacini.
Dos horas más tarde, seguía peleando con la resina sintética que me había puesto. En mi cara y cuellos tenía pedazos de máscara alternados con porciones de piel en carne viva. Me quedaban algunas pestañas, y casi nada de las cejas.
De pronto escuché un ruido que provenía de la cocina. Pensé que si era un ladrón lo mataría del susto pero, por las dudas, me armé con el cuchillo para la manteca y unas tijeras grandes que encontré al tanteo.
Entré como una tromba a la cocina decidida a todo. En el umbral, me topé con mi marido que salía con un vaso de agua en la mano.
Quedamos frente a frente por un instante. Me miró como si fuera la primera vez o la última. No emitió un solo sonido. No reaccionó ni siquiera al estruendo que hizo el vaso al estrellarse contra el piso. Inmutable, arrancó a caminar rumbo al dormitorio. Le seguí. Lo vi sentado en la cama, mirando el infinito. No podía hablarle. Literalmente. Mi cara era una albóndiga sanguinolenta, coronada por un casco de ruleros verdes, precedidos por una vincha con orejas de conejo.
Me saqué veinticinco años de encima y cuatrocientos gramos de piel. Volví a los diecisiete hasta que la albóndiga se desinflamó y recuperé los años perdidos.
El que no se recupera es mi marido. Hace casi dos semanas que está sentado en la misma posición, con la cabeza ladeada y un hilito de baba que se le escapa de la comisura derecha.
Que digan lo que quieran, pero la magia se produjo, no como yo lo imaginaba pero bueno, estamos en la nueva normalidad.
Acompaña foto de una de las piezas de la Serie «Desafío Calados»
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