La primera vez que voló la paloma salí desesperado por el barrio a buscarla.

— ¿Vio usted a mi paloma? —le pregunté a una mujer que andaba por ahí.

Me respondió que había visto a una pasar. Le dije que mi paloma era única e inconfundible y seguí corriendo y llamándola. La vi. Estaba de espaldas y la tomé con fuerza por detrás sujetando entre mis manos, sus alas. La llevé de regreso a la pajarera. Se acurrucó en un rincón.

— ¿Porqué? —le pregunté muchas veces sin esperar respuesta porque las palomas no hablan.

— ¡Las palomas son ingratas!— le grité.

¿Qué más podía querer? La pajarera la había construido con mis propias manos.  Yo mismo había cortado todos los cristales, los había pulido, me había cortado, la había armado en el mejor lugar, con la mejor vista, había sangrado.

Mientras le recortaba las alas le seguí repitiendo “ingrata, ingrata, ingrata”. Después la acaricié y la deposité con cuidado en su rincón. Las palomas no hablan.

Un día me di cuenta que si bien no volaba lejos, no podía, sí iba a picotear el maíz del vecino.

— ¿Qué voy a hacer contigo? —le pregunté mientras le cortaba el pico.

No me contestó porque era una paloma y además ya no tenía pico. La apreté contra mí hasta que dejó de sangrar. Luego la acaricié y limpié sus plumas blancas.

Le compré el mejor maíz, el más tierno y le di la mejor agua. Limpié los cristales de la pajarera. Pulí las uniones de metal pero ella nada. No es que pretendiera que me hablara, ya sabemos que las palomas no hablan, menos  aun las que no tienen pico y las alas cortadas.

Un día la descubrí posada en una rama, mirando al vecino así que le corté las garras. El anillo de oro que le había colocado se deslizó por su pata sin dedos.

— ¡Es una lástima! —le dije mientras la acurrucaba sobre un almohadón de plumas dentro de su jaula.

Nada me dijo. No hablan las palomas blancas.

Cuando ya no podía comer, ni posarse, ni volar, la apretaba contra mi pecho y le cantaba o le leía poemas como el que dice:

“Por las ramas del laurel

van dos palomas oscuras.

La una era el sol,

la otra la luna.

«Vecinitas», les dije,

«¿dónde está mi sepultura?»

«En mi cola», dijo el sol.

«En mi garganta», dijo la luna.”

 

Pero ella ni me miraba y yo no podía cortar más nada así que apreté, apreté y apreté. Después acaricié su cuerpo blando y lo deposité con cuidado en su almohadón de plumas, dentro de la pajarera.

Ingrata.

 

Acompaña foto del cuadro: «Lluvia de estrellas», resina y acrílico sobre tela de 120cm x 70cm, año 2018