En este otoño primaveral recordé que desde septiembre del 2020 no escribía sobre Borges y el amor para el blog de mi querida amiga Mir.

Y buscando entre sus pocos poemas al respecto, pensé en “El amenazado”: poesía escrita en 1972 (hace ya medio siglo y a los 72 años del maestro) y  publicada por primera vez en “El oro de los tigres”. Veintiún versos que nos presentan la angustia de quien se ve “amenazado” por la fuerza del amor.

¿Qué sabemos del maestro y el amor?

En una oportunidad dijo: “Desde que tengo memoria, siempre estuve enamorado de alguna mujer. Han sido diversas, pero cada una era única. El amor ha sido una forma de revelación”.

Y buceando en la “biblioteca universal”, leo que el escritor tuvo tres novias: Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros y Estela Canto.

A la primera la conoció en 1921 a su regreso del primer viaje a Europa con 22 años. En cartas a sus amigos españoles, dice que está enamorado “totalmente, idiotamente” y que se casará cuando termine sus estudios. Nuevamente viaja a Europa durante casi un año (“trescientos días como trescientas paredes”) y regresa en julio de 1923 a casa de los Guerrero y a las citas, pero las relaciones van deteriorándose. Borges decide romper. Será una de las dos únicas veces que Borges tome esa iniciativa.

Cecilia Ingenieros era hija de José Ingenieros (1877-1925), el filósofo positivista argentino. La conoció en 1939, en una reunión de la que salieron juntos por casualidad. Descubrieron que eran vecinos y que les gustaba caminar. La pretendió entre 1941 y 1943. “Yo estaba perdidamente enamorado de ella y las cosas marchaban bastante bien. Juntos planeamos un viaje a Europa. Nos casaríamos allí; esa era la idea. Pero un día nos encontramos en una confitería del Centro y Cecilia me dijo: “Dentro de dos semanas me voy a Europa». «Nos vamos, querrás decir», la corregí yo. «No, me voy sola. He decidido no casarme con vos“. Y allí se acabó el noviazgo.

Estela Canto fue la novia más duradera. Borges se enamora de ella a fines de 1945, en pleno ascenso del peronismo. Era morena, esbelta, de grandes ojos pardos. Vivía en el Barrio Sur, donde Borges solía situar sus poemas y el escenario de sus cuentos. Venía de la clase media baja y era de izquierda. Fue la única mujer de esas características que entró en la vida de Borges. Hablaba inglés y podía recitar de memoria páginas enteras de George Bernard Shaw, uno de los santos laicos del altar borgeano. La relación tampoco prosperó.

También menciona a una cuasi novia, Haydée Lange. Pariente lejana de Borges, Haydée era muy alta, lo que para Borges era sinónimo de belleza. En los primeros meses del año 1939, Haydée trabajaba en un banco “y yo la iba a esperar casi todos los días. Le propuse matrimonio pero no aceptó”. Se estableció entonces un juego: Borges iba a la salida del banco y le hacía por señas, a la distancia, la pregunta de si quería casarse. “Y ella, con el dedo, me contestaba que no”. La menciona en varias partes de su obra,  un poema de “Los conjurados” , de la que enumera: “tus ojos que miraban otras cosas / un dejo de Inglaterra en tu palabra / las verjas de un jardín junto al ocaso / los viernes compartidos”. También en el cuento “El Congreso” diciendo de ella que “era devota de la fe predicada por Ibsen y no quería atarse a nadie”. En su libro Atlas, muchos años después de la muerte de Haydée, la evoca compartiendo un almuerzo en un restaurante del Centro. “No sentí miedo; sentí que era imposible y quizás descortés revelarle que era un fantasma, un hermoso fantasma”.

Tuvo, además, dos esposas y una musa de cabecera.

Su primera esposa fue Elsa Astete, a quien conoció en 1927, ella tenía diecisiete años y él veintiséis. Le propuso matrimonio y no aceptó. Elsa se casó dos años después y tuvo un hijo. Cuando queda viuda, Borges nuevamente insiste en la propuesta y ella acepta. Se casaron en 1969 por la iglesia, a los cincuenta y nueve años de ella y sesenta y ocho él, que ya era director de la Biblioteca Nacional. Elsa no hablaba inglés ni francés. Cantaba tangos, sin demasiado gusto. Veía la televisión todas las noches. Jamás recordó un sueño. Estas cuatro quejas pertenecen a Borges, que puso fin al matrimonio, casi tres años más tarde, abandonando sin avisar el domicilio conyugal. Simplemente envió a unos peones de mudanza a retirar sus libros. Elsa se quejó amargamente, durante años, de que aquel día, al despedirse, le había dicho a Borges que habría puchero (cocido) para almorzar, y que él no le advirtió nada.

A su segunda esposa, María Kodama, la conoció cuando ella tenía diecisiete años y él cuarenta y siete. María y Borges venían de sendos “edipos no superados” y eso debió ser un lazo de unión entre los dos.

Cuando se casaron en 1986, poco antes de su muerte, llevaban diez años y siete meses juntos. Borges le dedicó dos libros y varios poemas. María ha dicho que empezaron a salir juntos poco antes de que Borges se casase con Elsa.

Reanudaron la relación cuando María se reunió con Borges en Islandia, en 1971. Ella sentía rechazo por el matrimonio, que Borges le habría pedido reiteradamente “porque, María, yo soy un caballero victoriano”.

María fue quien lo convenció de pasar sus últimos días en Ginebra, lejos de esos amigos suyos que la odiaban.

Con ella finalmente el maestro pudo vivir como la frase de Nietzche que solía mencionar: “el matrimonio es una larga conversación”.

Su eterna musa fue Elvira de Alvear: Beatriz Viterbo en el “El Aleph” y la Teodelina Villar de “El zahir” (y también Delia Elena San Marco y la Beatriz Frost de “El congreso”). Era hija de Diego de Alvear, jefe de una de las familias más ricas del patriciado argentino. Borges la visitaba los sábados, cuando ella no le daba plantón, cosa que ocurría a menudo. Caminaban por el barrio de Belgrano, silenciosamente. En 1930 se radicó en París y volvió a Buenos Aires en 1937.

Escritora a quien Borges prologó, paulatinamente fue perdiendo la razón.

Borges la iba a ver todos los 31 de diciembre por la tarde. Hablaban de la larga novela que ella estaba supuestamente escribiendo.

Murió en 1959, a los cincuenta y dos años, precisamente para la época en que Borges estaba escribiendo “El Aleph” (donde Borges dice que “todos los Viterbo eran medio locos”). En “El Aleph” es retratada como alta y frágil, de andar torpe y gracioso, aniñada, de desdenes crueles «que tal vez reclamaban una explicación patológica», de grandes y afiladas manos hermosas.

No termina aquí la lista. El Maestro fue un eterno enamorado. Confesó en alguna entrevista en su vejez: “Con toda tristeza descubro que me he pasado la vida entera pensando en una u otra mujer. Creí ver países, ciudades, pero siempre hubo una mujer para hacer de pantalla entre los objetos y yo. Es posible que hubiera preferido que no fuera así, hubiera preferido consagrarme por entero al goce de la metafísica, de la lingüística o de otras disciplinas”.

 

Y gracias a esas mujeres disfrutamos hoy del bello poema “El amenazado”, en mi opinión un clásico de la poesía romántica, con una rima de verso libre en la que, además de la gran metáfora del título, nos regala otras muchas metáforas e imágenes literarias  describiendo el sentir del poeta ante la posibilidad del amor.

 

La poesía puede dividirse en 3 partes:

  • La primera desde el quinto hasta el noveno verso, en la cual el maestro enumera todo aquello que ha hecho para fortalecer su intelecto y alma y se pregunta si será suficiente para protegerse de la “amenaza” del amor (cuarto verso). Pero todo ello es en vano, pues si llega el amor,  tendrá que ocultarse o huir (primer verso).
  • En la segunda parte hasta el verso número dieciséis,  explica la paradoja de sentirse amenazado por el amor y a su vez, sentirse ya conquistado e inevitablemente partícipe.
  • La última parte a partir del verso número diecisiete, reconoce que ha sido cautivado y que resulta inútil huir o negarlo.

Un retrato del amor con Borges como protagonista. Escrito desde lo más profundo de sus pensamientos y emociones el maestro encuentra siempre las palabras justas y nos dibuja los matices que le genera ese bello sentimiento. Como un pintor que, con diversas tonalidades de colores, diseña sus alegrías y tristezas.

 

El amenazado

 

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.

La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.

¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,

la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,

la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,

los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se

levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.

(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

 

 

Hasta la próxima entrada

Jackie Kusic

 

Acompaña foto de «Convivencia 2», acrílico sobre tela de 120cm x 100cm. Año 2021