En viernes de contame un cuento, Delia nos va entrelazando en una historia que como el amor y la vida nos da sorpresas.  Te dejo con ella, que lo disfrutes!

-(Aquí estás Luis Alberto Bergantín, mirándote al espejo, intentando parecer elegante y jovial)-

 

Dos días atrás, mi única hija me sorprendió con un -“papá, Lalo me propuso matrimonio y desea presentarte a la madre, será una cena muy íntima, tú, su mamá y nosotros dos”-. Una lluvia de agua fría me recorrió, cuanto más permeaba, mi razón más se cristalizaba, excepto el corazón, que continúa encendido de recelo.

 

El abandono de Claudia fue traumático, Alejandra recién había festejado su décimo cumpleaños y no comprendía, solo sufría, aún hoy, doce años después, ella evita mencionarla y cuando es ineludible hacerlo, la llama por su nombre, vetó de su vocabulario la palabra mamá. Solo el dolor de mi hija me hiere, nunca estuve enamorado de la madre, Claudia lo intuyó y su amor se volvió desprecio, un desprecio que, seguramente, contaminó su sentimiento por Ale, de no ser así, no puedo explicarme porqué, también renunció a ella.

Mi fantasía me ha congelado en el tiempo, ha anulado -sin piedad- mi congénita pasión. Inmóvil, en una utopía infantil que me impide concebir un sentimiento profundo, peregrino sin afecto mi rutinaria vida.

 

-Apúrate papi, pareces una novia, qué tanto arreglo.

-Es que no te quiero dejar mal, me disgustaría que tu suegra pensara que soy un esperpento.

-Dale, dale, sabés de sobra que eres muy guapo y sino has rehecho tu vida, es porque no has querido. Sería bueno que buscaras alguien con quien compartir tus horas, eres muy joven aún y no todo es trabajo en la vida. Para qué tanto acopiar, la culpa es de tus ancestros gallegos, los abuelos no comían huevo para no tirar la cáscara.

-No seas tan injusta, no vale juzgar con estómago lleno. Ellos pasaron muchas penurias, días sin tener que comer ni beber, con la incertidumbre del mañana, sin esperanzas, solo miedo. Con el respaldo económico, juntando cuanto peso ganaron trabajando honradamente, lograron una vejez plácida y sin sobresaltos. La guerra cambia los anhelos de quienes la sufren, en el acumular, mis padres sólo buscaban seguridad y certeza.

XXX   

La conocí en tercer año de liceo. Cabello largo ensortijado, brillante como el sol, ojos color miel y risa franca y alegre, es como si la estuviera viendo. Venía de un hogar muy distinto al mío, los padres también querían cambiar su mundo, con un método renovador, sin duda no muy sacrificado. Eran producto de Woodstock y abrazaron sus consignas como propias: pacifismo, amor libre, vida en comunas, ecologismo y amor por la música y las artes.

Era imposible no enamorarse de Ana, un sublime torbellino que no dejaba corazón sin estremecer: espontánea, bondadosa y generosa en su afecto y lealtad.

Mi timidez, en gran parte producto de lo austero del ambiente donde me crié, impedían me acercara a hablarle. Una tarde, estábamos en el patio del liceo, cuando los idiotas de mis compañeros entonaban su estribillo predilecto: “Bergantín, Bergantín, las bolas te suenan, tilín, tilín”, ella estaba parada frente a mí, bajé la vista orando para que el piso se abriera y pudiera desaparecer. Un beso en la frente me hizo alzar los ojos, su mano tomó la mía, pasamos caminando frente al grupo, les lanzó una mirada de desprecio, giró su cabeza y me regaló una sonrisa, esa sonrisa aún hoy, me da las buenas noches. Nos hicimos amigos inseparables.

XXX

-Papá voy sacando el coche, manejo yo, ¿te parece?, Son unos cuantos kilómetros por la Giannattasio, me vienebien para practicar.

-Ok, pero pará en la Tienda Inglesa, quiero comprar una buena botella de vino y unas flores para la madre de Lalo.

-Si querés bajo yo.

-Como prefieras.

-Sé cuáles son las flores que le encantan y tú no tienes ni idea. Vas a ver, te caerá bien, es genial. No sé si ya te conté que el padre de Lalo, cuando se enteró que estaba embarazada se las tomó.

-No nunca me comentaste…

-Eran novios en la facultad, llevaban tres años juntos y el muy hp se hizo humo. Cuando el hijo tenía cinco años le vino el arranque de querer jugar a la familia y ella lo sacó picando. Gracias a sus viejos que la ayudaron, se pudo recibir de abogada, le ha ido excelente en su carrera, tiene un estudio jurídico con acreditada clientela. Es muy inteligente y exigente, se implica a fondo en los casos que lleva adelante.

 

-Aminora que estamos llegando al supermercado.

-No te duermas, ya vuelvo.

XXX 

Tercero y cuarto de liceo fueron los dos años más felices de mi vida. Amistad y un idilio inocente, donde lo más intrépido era tomarnos de la mano. Disfrutábamos de como nuestros cachetes se encendían y una risa cómplice nos recorría el cuerpo hasta estallar en sonora carcajada. Un amor donde las preocupaciones eran pocas y los entretenimientos muchos y diferentes. Paseábamos por el zoológico, planetario incluido, bicicleteábamos por la rambla,pescábamos mojarritas en el muellecito de Trouville, los días de lluvia, la mamá de Ana nos hacía torrejas dulces mientras, su padre, tocaba la guitarra cantando canciones de Joan Baez, Bob Dylan y John Lennon.

 

Cuando terminamos las clases en cuarto, nos anotamos para continuar los preparatorios que, dos años después, nos darían acceso a ingresar a facultad, Ana quería estudiar Derecho, y yo, Ingeniería.

 

Los veranos mis padres me llevaban dos meses a Piriápolis, -“sesenta días”-, refunfuñábamos, estábamos un poco tristes, aunque ya lo habíamos padecido el año anterior. Nos consolábamos diciéndonos que, en marzo, todo volvería a la normalidad. Prometimos llevar una libreta, y anotar día a día, lo que hacíamos y sentíamos, al regreso, sentados en alguna plaza, llenaríamos los agujeros de ausencia leyéndonos nuestros escritos.

 

Terminó febrero con un día más de lo habitual, el veintinueve por la tarde, apenas papá estacionó en la puerta de casa, libreta en mano, me tiré del coche. Corrí y corrí hasta llegar a casa de Ana, toqué el timbre con insistencia, demoraban siglos en abrir, para mi sorpresa, una señora mayor, totalmente desconocida me preguntó a quién buscaba. No me salían las palabras, los nervios me hacían tartamudear, al fin conseguí preguntarle si se encontraba alguien de la familia Fuentes. Me negaba a creer lo que la anciana me informaba: “que hacía un mes se habían mudado, que no, que no dejaron dirección ni teléfono, que tenía idea que se habían ido a vivir a un balneario en la costa, pero no recordaba bien cual, que disculpara su mala memoria pero los años no vienen solos y bla,bla,bla”. No pude responderle, en ese momento solo sentí odio por esa mujer, su ignorancia me enfureció, me di media vuelta sin siquiera saludar y comencé a tocar timbres en el resto de la cuadra. Pregunté a vecinos, al dueño del almacén, en la panadería, nadie supo darme su dirección, era como si hubiera huido hacia la nada. Solo la peluquera se apiadó de mi desesperación y me comentó que no pudieron hacer frente al alquiler y se habían ido a vivir a Solymar con el abuelo de Ana. Estaba seguro que se contactaría conmigo, pero los días pasaron y la desesperanza me ganó.

 

Comencé los preparatorios. Por años cada cabeza de rizos dorados que vislumbraba oprimía mi corazón. Me llevó tiempo y dolor, convencerme de que, para ella, solo fui un amigo fácil de olvidar.

 

Ingresé a facultad y allí conocí a Claudia, nos acercó la pasión por la carrera y el gusto por los deportes, un día, cansada de esperar, me propuso matrimonio. Cuando me abandonó no tenía motivo a reprochar, nunca le había dado la oportunidad de entrar en mi corazón, fui afectivamente avaro, ella en cambio, me regaló lo más preciado que un hombre puede tener: una hija.

XXX 

-Papi, papi. Hola, aquí Tierra llamando a Marte, ¿estás ahí? -Alejandra risueña, introdujo el ramo de flores por la ventanilla y se las aproximó a la nariz -. ¿En qué estarás pensando tan ensimismado?

-Dale payasa, subí que vamos a llegar tardísimo. Qué rico aroma tienen.

-Por suerte la carretera está poco transitada, en unos quince minutos arribamos, Eduardo debe estar nervioso.

-¿Por qué no quiere que lo llamen Eduardo?

-Es un persecuta, piensa que así se llamaba su padre, la mamá le ha dicho mil veces que no, que simplemente le gusta, le recuerda a un entrañable tío que falleció. Tiene dos nombres y solo quiere que lo llamen Lalo, en definitiva, es el alias de Eduardo. Su abuelo, siempre lo nombraba por su apodo, supongo que ello influye en su porfía.

Ya estamos llegando.

-Sí mirá nos está esperando en la puerta.

 

-Hola Lalo, disculpa si nos demoramos.

-Están en hora, puntualidad inglesa, yo salí porque quería tomar aire. Pasen. Por favor, tomen asiento.

 

(acercándose a la escalera)

-Mamá, llegó Ale y su papá.

– Luis Eduardo háceme un favor

-Sí, dime…

-Prendé el horno y anda sirviendo las bebidas, ya bajo.

 

-Buenas noches, Alejan…

 

-Papá, ella es Ana, la mamá de Lalo.

Ana, él es mi papá…

 

-¡No lo puedo creer! Bergantín, Bergantín, las bolas te suenan, tilín, tilín.

 

Luis Alberto, embelesado, le dio un sostenido abrazo y le dijo entre carcajadas -“no has cambiado en nada, siempre hermosa y espontánea”-

 

Delia Correa Luna

7 diciembre 2020

Acompaña foto del cuadro: «Ana», acrílico sobre tela de 180cm x 80cm, año 2017, de Mir Diaz Araya