Salgo del trabajo cansada como nunca. O tal vez nunca he notado que salgo cansada, porque es tanto lo que me espera, que no me permito el más mínimo desgano. Desfallecer, sólo cuando caigo rendida en la cama, de madrugada. Si no debo “atender” a Juan, que se disgusta con las negativas.
Seis hijos. Cada uno querido como único. Pero juntos, son una carga que a veces me sobrepasa. Una escalera que me persigue. Me ahoga. Me aplasta. Pero también es una escalera para trepar a la risa, para pisar firme paso a paso, para bajar con cuidado hasta el nivel de la realidad. Tres casales. Alternados. Mujer y varón. Como si para compensar el esfuerzo me hubieran regalado el pasar de una emoción a otra, agradecida, sorprendida.
Sé de noches de fiebre alta, de empachos, de mal de ojo. Sé de mimos y abrazos, de ajós y medias lenguas entendidas sin dudas. Sé de primeros pasos, primeros día de escuela, deberes, rezongos y perdones.
Sé bastante poco de mí misma. Una amiga íntima desde la época del liceo. Una relación cordial, aunque lejana, con los vecinos y los compañeros de trabajo.
La vida pasa por mi cuerpo sin dejar huellas. El espejo me devuelve la mirada brillante, intacta. A pesar de los seis hijos soy espigada. Mantengo un cierto aire de altivez (heredado quizás de aquellas tres tías, erectas como postes en cualquier circunstancia).
A mis treinta y siete años no soy intensamente feliz, pero tampoco me siento desgraciada. No por cansinamente conforme, sino por mi actitud optimista, que me viene, creo, de abuelos y padres luchadores.
Algunas noches me atrevo a soñar con un poco más de seguridad económica. Pero recorrer los dormitorios de los chicos cuando duermen, es suficiente para alejar cualquier pensamiento materialista.
Abuela María murió la semana pasada. Vivió ochenta y nueve dignísimos años. Lúcida hasta el final. Generosa hasta el punto de pasar de un sueño al otro, como para no molestar a nadie.
Las cuatro y diez. Si me apuro puedo ir hasta su casa antes que lleguen los chiquilines.
Desde la orilla de la ciudad donde vivimos, tomo el atajo que me lleva hasta el monte. Abuela nunca quiso salir de allí. Decía que en su casa se sentía más segura que en cualquier otro sitio.
¿Será la tristeza lo que me aumenta el cansancio?
Cien metros más. Ya la veo. Una cabaña como de cuento donde ella reinó como una abuela de cuento, también.
Todo en orden. Prolijo. Sólo faltan la voz cascada y las carcajadas de fiesta con que remataba cada chiste. ¡Qué memoria para retenerlos!
Mis pasos apenas rompen el silencio. Extiendo una arruga casi imperceptible de la colcha. Paso la mano por su retrato en un intento de caricia. Voy a la cocina. Ahí lo veo.
Aislado de cualquier otro objeto. Un reflejo de luz dibuja una línea desde la base, separándolo casi a la mitad, y marca dos puntos brillantes sobre el borde en el que empieza la forma levemente cilíndrica del frasco no muy grande, que se eleva angostando su cuello para expandirse hacia la boca.
La boca ancha, fauces abiertas al misterio, un círculo perfecto de bordes lisos, se complementa con el tapón grande, depositado a la izquierda. La sombra del frasco escapa desde su interior y se refleja en la pared casi celeste, separada por una línea horizontal de la superficie en la que se apoya.
Si lo tocara percibiría su cuerpo liso, frío, suave, sin polvo adherido, como si alguien lo hubiera dejado hace un momento ahí. Parece vacío. Me despierta curiosidad e interrogantes: ¿Qué contuvo? ¿Para qué está preparado?
Es claro que no es casual su ubicación cerca de la ventana que enmarca parte del monte nativo que rodea la cabaña: ceibos, espinillos, talas, alguna isla de cañas enhiestas, imponen su presencia y dan un toque natural a la austera rusticidad del interior.
Abuela María sabía que me gustaba acodarme en la mesada y mirar por la ventana. De niña lo hacía trepada en un taburete. Después me sentí más grande de lo que era, cuando pude pararme y ver el paisaje que me inspiraba un poco de temor y mucho de respeto. Aún me deslumbra su belleza.
Sé que el frasco es para mí. Al acercarme para ver si contiene algo, me asalta una combinación de aromas: menta, salvia, guaco, marcela, cedrón, manzanilla, canela.
-¡Ah! Abuela María, ¡gracias por esta herencia!
Lo tapo con cuidado y lo dejo en el lugar. Me propongo ir allí cada vez que extrañe, o me sienta fatigada, un poco triste o muy contenta.
Destaparía el frasco y recuperaría el aroma de la abuela, el de mi infancia, el de los tés cómplices de la adolescencia y esta madurez que repite el tránsito apacible, las rebeldías necesarias, y el estremecimiento silencioso de la vida anclado en el día a día.
Día a día que mezcla el devenir, como quien mezcla los aderezos de la comida preferida, tratando de darle el punto exacto, digno del brindis por el mañana que ha de llegar.
María Cristina Laluz
Excelente relatoMCristina!!!!!!!!!!!!!!!!