Erase una vez un pueblo muy humilde, de pocos habitantes, que convivían en paz en medio de un valle rodeado de altas montañas. Verdes praderas se abrían paso al costado del angosto río que otorgaba su agua cristalina sobre la que se reflejaba el cielo azul, las blancas nubes y el verde de los arboles que plagaban la montaña.
Allí vivía Juan, un niño alegre y cariñoso a quien la pobreza y la orfandad habían hecho que conectase con la gente del pueblo desde un lugar de amparo. Todos cuidaban de él y Juan devolvía tanto amor con generosos gestos hacia los habitantes del lugar.
En sus paseos por el pueblo, iba ayudando a cada uno de los que encontraba en su recorrida:
– ¡Doña Pepita, deje, yo le ayudo!. No cargue ese balde, yo se lo llevo. -decía trayéndole el agua del aljibe, para que ella no hiciera fuerza ya que era muy mayor.
– ¡Gracias Juancito! ¡Eres tan amoroso!
Seguía andando y se encontraba con el viejo Don Piriz que era el encargado de trabajar la tierra a pura fuerza de mano y cuerpo.
– ¡Hola Don Piriz! ¿Le ayudo a recoger el maíz?
– ¡Gracias Juancito!
Y antes de eso, ya había ayudado a Doña María a repartir entre los del pueblo, el pan que preparaba con mucho amor.
Y así iba pasando su vida, rodeado del cariño de todos. Hasta una época en que poco a poco los habitantes del pueblo fueron infectándose de una peste desconocida, que los iba matando y no encontraban remedio para su mal.
Mientras los habitantes iban muriendo, todo se iba apagando, el sol ya no brillaba con tanta fuerza, los árboles iban perdiendo sus hojas, el agua ya no era tan transparente, los animales morían de a poco. La peste lo iba consumiendo todo.
Y Juancito veía como el mundo que él conocía se iba transformando. Su poder de adaptación era superior al del resto del pueblo por lo que decidió ir a buscar ayuda al pueblo vecino. Puso en una bolsa algunos alimentos para el viaje y partió con esperanza en que conseguiría convencer a los habitantes que estaban detrás de las montañas para que lo ayudasen.
La travesía fue larga, pero él seguía adelante confiado en que conseguiría ayuda.
Cuánto mas avanzaba, el paisaje empeoraba. Todo había perdido sus colores conocidos. Los árboles se veían de un marrón oscuro casi negro, los pastos estaban secos, no había ni flores, ni pájaros, los animales mas grandes se veían moribundos, el olor era a podredumbre…. Pero él seguía adelante.
De repente, vio frente a sí, algo que parecía una enorme roca blanca con cosas que parecían pelos cortos… -No, no, esto no puede ser una roca -pensó. Y continuó acercándose con cierto cuidado y mucha curiosidad al mismo tiempo.
De golpe la roca se movió lentamente y Juan dio un paso hacia atrás. La roca siguió moviéndose y cambiando de forma, aumentando su tamaño y de golpe se convirtió en un ser extraño, una mezcla de gato con cara de oso mimoso, cuatro patas altas elevaron a este ser y dos alas se desplegaron y se movieron para desperezar la modorra que se produce después de un largo sueño.
Juan no se asustó. No. Al contrario, comenzó a hablarle a ese enorme Osogato blanco alado:
– ¡Hola! ¡Soy Juan! ¿Como estás?
El Osogato lo miró, ladeó la cabeza intentando interpretar los sonidos que Juan emitía y Juan sintió que podía continuar.
– Hace rato que vengo caminando en busca de ayuda para mi pueblo y solo veo tristeza y destrucción. ¿No entiendo que está pasando? ¿Sabes tú que está ocurriendo?
El Osogato clavó sus ojos en los ojos de Juan y dejó caer una lágrima.
Juan comprendió que sí sabía lo que estaba pasando y entonces siguió hablando.
-¿Si tu sabes lo que pasa, puedes por favor explicarme que sucede? ¿sabes de alguna solución?
Y fue entonces que el Osogato comenzó a hablar con una voz grave y dulce: -Hace años que una parte de la población venía anunciando que había que cuidar más las tierras y las aguas para que todas las maravillas que nos circundaban llegasen a las generaciones futuras, pero otra parte aún mayor de la población no escuchó. Estaban envueltos en sus propias burbujas de individualismo y consumo, de lujos sin límites y ansias de dinero y se fueron olvidando de mirar la naturaleza, de cuidarla y se fueron conviertiendo en seres codiciosos y lúgubres. -en ese momento Osogato decidió callar y darle tiempo a Juan a digerir lo que le había dicho.
Luego de unos minutos prosiguió: -Súbete a mi lomo, volaremos los alrededores y te mostraré como todo se ha vuelto oscuro y desierto.
Juan, subió sobre el Osogato blanco, se tomó de sus pelos como si fuesen las crines de un caballo y esperó a que abriese sus alas y comenzase a volar.
Recorrieron distancias enormes y todo lo que Juan veía era desolador.
Cuando bajaron y se posaron en tierra firme, Juan se paró frente a la cara del Osogato y mirándolo a los ojos preguntó: – ¿que podemos hacer para salvar el planeta?
-Primero tienes que confiar en tu alegría y no perder las esperanzas, tú tendrás una tarea importante para generar, en los que vayamos encontrando en el camino, esa misma alegría y confianza. El planeta se salvará cuando la fantasía de la paz, la solidaridad y la armonía hayan triunfado sobre la codicia, la guerra y la individualidad.
Se te ha otorgado un Don y debes usarlo.
-No entiendo -dijo Juan. -Pero ¿que puedo hacer yo? Soy solo un niño, sin nada que ofrecer.
-¡Claro que tienes para ofrecer! Tienes tu alegría, tienes tu esperanza, tienes tu solidaridad, tienes tu compasión, tienes tu altruismo, tienes tu amor por los demás. Te prometo que, si confías con todas tus fuerzas en el poder de contagio que esos dones tienen sobre los demás, tú y yo lograremos salvar al planeta. Y te prometo también que los ríos se limpiarán y las flores volverán a engalanar los paisajes con sus colores y los árboles volverán a elevarse magníficos y fuertes hacia el cielo azul y cada uno de los animales volverán a disfrutar de una vida sana y relajada y la gente será mas amorosa y comprensiva y lograrán vivir en paz y armonía como lo hacían ustedes en su pueblo.
-¡Confío! ¿qué debo hacer?
-Yo te llevaré volando sobre cada una de las regiones grises y tú cerrarás tus ojos y abrirás tus brazos e irás regalando imágenes mentales de verdes y amarillos, rojos y naranjas, fucsias y turquesas, blancos y azules, y todas las combinaciones de colores que recuerdes haber visto en tu pueblo amado. Además, tendrás que hacerte la imagen mental de gente saludable y sonriente, que conviven en paz y hermandad y trata que tu imagen incluya a la gente manteniendo consciencia de que son responsables, al igual que tú, de mantener esa armonía con sus pensamientos. Porque los pensamientos luego se convierten en acciones.
– ¿Pero si es tan simple como eso, porque llegamos a esta situación?
-Porque fueron perdiendo la fe, la esperanza, la alegría, la solidaridad, la compasión, el altruismo… y tu tienes todo eso y lo puedes compartir. Ten confianza en que es contagioso, tan contagioso como la propia peste. Y que puede ganarle, porque si lo haces sabiendo que todo es energía, esa energía tiene más poder.
¡Y volaron! Y por donde sobrevolaban, los grises iban comenzando a tomar color y los colores fueron tomando fuerza, y la gente comenzó a aparecer como puntitos y luego fueron haciéndose mas visibles y los ríos y los mares mostraron sus mejores verdes y turquesas y la espuma blanca de las olas se veía impoluta, y los verdes bosques tomaban intensidad y la gente sonreía y bailaba y se abrazaba y los pájaros volaban alrededor del Osogato y de Juan, mostrando su reconocimiento y su agradecimiento.
Mir Diaz Araya
Noviembre 2020
Lindo leerte!!. Sintonizar con el amor, cuidando los pensamientos, cuidándonos.
Gracias
Gracias Sil! Era un ejercicio. Me gustó hacerlo y compartirlo. Besos
Muy lindo cuento. Pienso que este cuento en realidad no es un cuento sino algo muy real que si la gente pone en practica el altruismo y se fija en ser una persona bondadosa con fe y esperanza esta humanidad sera salvada.
Hola María Martha, gracias por tu comentario y perdón que tardé tanto en responder. Coincido contigo que puede ser algo muy real y que es importante que nos mantengamos con fe y esperanza, intentando ser bondadosos. Cariños.