Este nuevo viernes de «Contame un cuento», nos acompaña la delicada pluma de Maria Cristina Laluz que tiene el don de llevarnos a mundos sutiles. Aquí los dejo con ella.
Es una mujer sola. Sola de toda soledad posible.
Trabaja como acompañante de enfermos.
Hace un mes cumple el horario nocturno junto a una señora que todo lo pide por favor, agradece con humildad y duerme como una bendita.
Las noches en el hospital son cada vez más largas.
Se toma una media hora, entre las cuatro y las cuatro y media, para salir de la habitación y caminar un poco.
Los viejos corredores acumulan secretos, historias, mensajes.
Hoy Sonia deambula como cuando era una niña, salteando las baldosas claras y pisando solo las negras, en línea recta o en diagonal, sobre el damero enorme del piso.
Al fondo de un pasillo apenas iluminado ve una figura extraña. Se acerca despacio y percibe una forma humana. Un anciano de encías resplandecientes le hace gestos con la mano derecha.
-Sígueme- dice, sin palabras.
Va tras él. El hombrecito camina rápido, atraviesa puertas cerradas. Se detiene entre dos enfermeras que cuchichean. Les hace morisquetas. Se ríe con una carcajada infantil y sigue sin que las mujeres noten nada.
Sonia quiere volver atrás, pero él gesticula con más energía. Su mano derecha dice:
-¡Ven! ¡Ven! elevada en el aire, atrás y adelante, atrás y adelante.
Llegan a la puerta. Atraviesan el patio helado. El viento frío azota el rostro y el cuerpo sin abrigo de Sonia. Cruzan un parque oscuro, una calle ancha y silenciosa.
El obelisco erguido, ausente, intacto en su eternidad de granito, apunta al cielo como siempre.
El anciano ríe. Sonia tirita.
-Ven- dice ahora con una voz pequeña y frágil.
Salta al agua de la fuente.
Sonia mira a un lado y otro, indecisa. Salta.
No la recibe el agua helada que espera, sino una caliente y rumorosa caricia.
Chapotean, se tiran agua a manos llenas. Ríen. Se apoyan en los chorros calientes que les masajean la espalda. Flexionan y estiran las piernas como en el ejercicio de andar en bicicleta.
Sonia siente una tibieza honda. Cada célula de su cuerpo despierta y se expande. El placer tiene olor, color, sabor…
Salió del agua cuando el anciano volvió a hacerle gestos. Corrieron como dos niños por la ancha calle desierta y el oscuro parque. Entraron al silencioso hospital y se separaron mirándose como conocidos de varias vidas.
Sonia olvidó el frío y el lento pasar de las horas.
La mañana la encontró enérgica y feliz. Preparó sus cosas, se despidió de la señora y salió apurada a la calle. Antes de llegar a la parada algo en un árbol llamó su atención. Sentado en una rama de la enorme tipa, el viejito hamacaba las piernas. Se saludaron con una sonrisa cómplice.
Sonia hizo el viaje a su casa cabeceando el sueño.
Buscaba las llaves en su bolso cuando el anciano le abrió la puerta ceremoniosamente.
El desayuno estaba preparado. Un ramillete de violetas en el centro de la mesa, un mantel amarillo, servilletas verdes y dos tazas anaranjadas. El aroma del té de manzana con canela presidió un rito inusual para Sonia.
Durmió unas horas. Descansó. Hacía mucho tiempo que no lo lograba.
Cuando despertó hizo mandados, cocinó y entre una y otra tarea llegó la hora de volver al hospital.
El ómnibus en el que viajaba se detuvo en un semáforo. Ella miró distraída por la ventanilla. Apenas asomando de un asiento en el ómnibus que quedó al lado, descubrió la encía resplandeciente y la mirada profunda.
Continuó el viaje sonriendo por dentro.
Cumplió sus actividades con eficiencia y amabilidad hasta que percibió la respiración rítmica y plácida de la señora dormida.
Una urgencia incontenible le hace mirar el reloj cada diez minutos.
Se toma una media hora, entre las cuatro y las cuatro y media para salir de la habitación y caminar un poco.
Los viejos corredores acumulan secretos, historias, mensajes…
María Cristina Laluz
Acompaña foto de «Pensamientos», papel calado a mano, de 30cm x 20cm, año 2020.
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