En esta nueva colaboración en el blog de mi querida amiga Mir, elegí contarles sobre la conexión del Maestro con el Martín Fierro. Cada 10 de noviembre se celebra en Argentina el Día de la Tradición en homenaje al nacimiento de José Hernández, padre de dicha obra. Este año además tiene la particularidad que se cumplen los 150 años de la publicación del famoso y estudiado poema.
En la biblioteca de Borges siempre tuvieron un lugar especial el Martín Fierro y su antítesis, el Facundo de Sarmiento. Respecto al primero, siempre comentaba que comenzó a leerlo a escondidas pues su madre se lo había prohibido: “El sentir de mi madre se basaba en el hecho de que Hernández había sido un partidario de Rosas, y por lo tanto, enemigo de nuestros ancestros unitarios”. Empezó su lectura, decía, como si leyera un libro de aventuras. Luego tras el re-descubrimiento de la obra a partir del Centenario de la independencia de Argentina, tiempos en que se posicionó al poema como un clásico y se consagró al gaucho como mito nacional, toda la comunidad intelectual comenzó a opinar sobre la obra desde diferentes posiciones, no sólo puramente literarias sino políticas. Borges realizó una lectura heterodoxa y objetiva entre las interpretaciones académicas del poema y su utilización política para sostener el nacionalismo creciente de la época.
Hablando de poesía gauchesca y tradición de los gauchos, el maestro definía que la primera fue obra de autores cultos de ciudad identificados con los hombres del campo, una creación puramente intelectual. Y en “tradición gauchesca” rescataba a los “precursores”, Ascasubi, del que admiraba la dura y feliz exaltación del coraje, o Estanislao del Campo, en cuyos diálogos percibía el placer de la amistad. Valor y amistad: las dos auténticas pasiones argentinas según Borges. También rescató al oriental Antonio Lussich, cuyo poema Los tres gauchos orientales (obra que es a Uruguay lo que el Martín Fierro es a Argentina) y opinaba que los diálogos en las cartas entre Lussich y Hernández, impulsaron al autor del Martín Fierro a terminar y publicar la obra (6 meses después de la del uruguayo). El estímulo e influencia fueron recíprocas entre estos dos autores que compartían también la ideología política federal.
Sobre el Martín Fierro, el maestro declaraba que como otros grandes libros había sobrepasado las inmediatas intenciones políticas e incluso las capacidades literarias del autor, ya que en sus páginas habían entrado los temas eternos del destino y el mal, y que sobreviviría tendiendo siempre hacia un más allá del sentido original.
Muchas veces se dice o encuentra escrito que a Borges no le gustaba el poema, confundiendo palabras del maestro sobre su opinión de las virtudes morales del ambiguo protagonista (aunque rescatara el culto al coraje y al valor personal del gaucho). Contradice esta sentencia la presencia del libro tanto en su obra como en otras intervenciones orales y escritas:
- “La poesía gauchesca”, en Discusión (1932), dedica su larga parte final a analizar el Martín Fierro.
- El cuento “El fin” (Ficciones, 1944) es la posible de la pelea de Martín Fierro con el Moreno,
- “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)” (El Aleph, 1949)
- En 1955, junto con Adolfo Bioy Casares, preparó los dos volúmenes de Poesía gauchesca, donde se incluye el Martín Fierro.
- En El hacedor (1960) tenemos la prosa breve “Martín Fierro”.
- Prologó tres ediciones del Martín Fierro: Sur, 1962; Centurión, 1962; Santiago Rueda,
Les comparto dos títulos publicados en 1960 y 1944, de etapas distintas de la obra del maestro pero con el mismo sentir; el eterno retorno sobre el tema del valor y el coraje. Espero que los disfruten.
MARTIN FIERRO
De esta ciudad salieron ejércitos que parecían grandes y que después lo fueron por la magnificación de la gloria. Al cabo de los años, alguno de los soldados volvió y, con un dejo forastero, refirió historias que le habían ocurrido en lugares llamados Ituzaingó o Ayacucho. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido.
Dos tiranías hubo aquí. Durante la primera, unos hombres, desde el pescante de un carro que salía del mercado del Plata, pregonaron duraznos blancos y amarillos; un chico levantó una punta de la lona que los cubría y vio cabezas unitarias con la barba sangrienta. La segunda fue para muchos cárcel y muerte; para todos un malestar, un sabor de oprobio en los actos de cada día, una humillación incesante. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido.
Un hombre que sabía todas las palabras miró con minucioso amor las plantas y los pájaros de esta tierra y los definió, tal vez para siempre, y escribió con metáforas de metales la vasta crónica de los tumultuosos ponientes y de las formas de la luna. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido.
También aquí las generaciones han conocido esas vicisitudes comunes y de algún modo eternas que son la materia del arte. Estas cosas, ahora, son como si no hubieran sido, pero en una pieza de hotel, hacia mil ochocientos sesenta y tantos, un hombre soñó una pelea. Un gaucho alza a un moreno con el cuchillo, lo tira como un saco de huesos, lo ve agonizar y morir, se agacha para limpiar el acero, desata su caballo y monta despacio, para que no piensen que huye. Esto que fue una vez vuelve a ser, infinitamente; los visibles ejércitos se fueron y queda un pobre duelo a cuchillo; el sueño de uno es parte de la memoria de todos.
EL FIN
Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente… Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia. Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder. La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería. Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura: —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, con voz áspera, replicó: —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido. Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió: —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años. El otro explicó sin apuro: —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas. —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud. El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla. —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre. Un lento acorde precedió la respuesta de negro: —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros. —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano. El negro, como si no lo oyera, observó: —Con el otoño se van acortando los días. —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie. Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado: —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto. Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró: —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero. El otro contestó con seriedad: —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo. Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo: —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano. Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.
Acompaña imagen de «Encajes con flores y pájaros», papel calado a mano by Mir Diaz Araya
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