Elegí la temática de esta nueva colaboración en el espacio de mi querida amiga Mir, por dos razones: el 9 de julio se conmemora el día de la independencia de Argentina y  la encontramos nuevamente, como en un “eterno retorno borgiano”, inmersa en una profunda crisis política, económica y social. El patriotismo que debería suscitar la fecha y la situación, está absolutamente ausente en la agenda de quienes fueron elegidos para gobernar esta empobrecida patria.

 

Pero volvamos a la literatura y al sentimiento patriótico que Borges plasmó en su obra. Un ciudadano del mundo que dijo: “Creo ser un buen argentino, un buen europeo, un buen cosmopolita, un buen ciudadano, de esa utopía, clara y remota, que nos librará de fronteras y de batallas”.

 

En la década de 1960, donde se cumplió el 150 aniversario de la Revolución de Mayo y de la declaración de la Independencia, el maestro escribió dos odas para ensalzar esas fechas: “Oda compuesta en 1960” (El hacedor), publicada por vez primera en La Nación el 22 de mayo de 1960 y “Oda escrita en 1966”, que también se estrenó en el mismo periódico  el 9 de julio de 1966 y que después incluyó en El otro, el mismo.

 

Esos poemas fueron escritos en la década que los historiadores llaman “La República en crisis” o “Una nación en punto muerto”. Más allá del entorno político de esos dos años claves, las letras que nos regala nuestro maestro denota el profundo sentimiento de “argentinidad” que sentía.

 

Sabemos que en Borges confluyen dos linajes (como Ricardo Piglia dijo). El materno, con antepasados militares que tomaron parte activa en la Independencia Argentina, como Francisco Narciso de Laprida, que presidió el Congreso de Tucumán y firmó el Acta de la Independencia; Francisco Borges Lafinur —su abuelo paterno— fue un coronel uruguayo; Manuel Isidoro Suárez —su bisabuelo materno— fue un coronel que luchó en las guerras de la Independencia; Isidoro de Acevedo Laprida —su abuelo materno— fue un militar que luchó contra Juan Manuel de Rosas. Guerreros ligados al culto al coraje donde la tradición de su familia se mezcla con la historia de Argentina y Uruguay. El linaje paterno, en cambio, le dio el culto a los libros, donde el espacio simbólico es la biblioteca. Esas dos tradiciones, podemos arriesgar, grafican lo que define a la cultura argentina: el conflicto entre lo criollo y lo europeo, entre las armas y las letras, entre barbarie y civilización. Borges, en ese sentido, expresa en su obra esa rara fusión que es el “ser argentino”, la pasión en la criolla valentía materna y la intelectualidad europea en la sensibilidad y bibliotecas paterna.

 

Comparto a continuación ambas poesías, bellas y sentidas y de medio siglo atrás. Con el dolor de que aún no somos dignos de la epopeya de nuestros mayores.

Posiblemente el sentimiento del maestro si estuviera en este plano. Seguramente en otro plano observando el “eterno retorno” con mucho dolor.

Nota: El maravilloso verso “Nadie es la patria, pero todos lo somos” fue una instalación de neón en el frontispicio de la fachada del Centro Cultural Néstor Kirchner (CCK) desde 2016. En 2020, el actual gobierno lo quitó,  por tareas de preservación del histórico edificio, según informaron oficialmente…

 

Oda compuesta en 1960

El claro azar o las secretas leyes

que rigen este sueño, mi destino,

quieren, oh necesaria y dulce patria

que no sin gloria y sin oprobio abarcas

ciento cincuenta laboriosos años,

que yo, la gota, hable contigo, el río,

que yo, el instante, hable contigo, el tiempo,

y que el íntimo diálogo recurra,

como es de uso, a los ritos y a la sombra

que aman los dioses y al pudor del verso.

Patria, yo te he sentido en los ruinosos

ocasos de los vastos arrabales

y en esa flor de cardo que el pampero

trae al zaguán y en la paciente lluvia

y en las lentas costumbres de los astros

y en la mano que templa una guitarra

y en la gravitación de la llanura

que desde lejos nuestra sangre siente

como el britano el mar y en los piadosos

símbolos y jarrones de una bóveda

y en el rendido amor de los jazmines

y en la plata de un marco y en el suave

roce de la caoba silenciosa

y en sabores de carnes y de frutas

y en la bandera casi azul y blanca

de un cuartel y en historias desganadas

de cuchillo y de esquina y en las tardes

iguales que se apagan y nos dejan

y en la vaga memoria complacida

de patios con esclavos que llevaban

el nombre de sus amos y en las pobres

hojas de aquellos libros para ciegos

que el fuego dispersó y en la caída

de las épicas lluvias de septiembre

que nadie olvidará, pero estas cosas

son apenas tus modos y tus símbolos.

Eres más que tu largo territorio

y que los días de tu largo tiempo,

eres más que la suma inconcebible

de tus generaciones. No sabemos

cómo eres para Dios en el viviente

seno de los eternos arquetipos,

pero por ese rostro vislumbrado

vivimos y morimos y anhelamos,

oh inseparable y misteriosa patria.

 

Oda escrita en 1966

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete

que, alto en el alba de una plaza desierta,

rige un corcel de bronce por el tiempo,

ni los otros que miran desde el mármol,

ni los que prodigaron su bélica ceniza

por los campos de América

o dejaron un verso o una hazaña

o la memoria de una vida cabal

en el justo ejercicio de los días.

Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo

cargado de batallas, de espadas y de éxodos

y de la lenta población de regiones

que lindan con la aurora y el ocaso,

y de rostros que van envejeciendo

en los espejos que se empañan

y de sufridas agonías anónimas

que duran hasta el alba

y de la telaraña de la lluvia

sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo

como el perpetuo mundo. (Si el Eterno

Espectador dejara de soñarnos

un solo instante, nos fulminaría,

blanco y brusco relámpago, Su olvido.)

Nadie es la patria, pero todos debemos

ser dignos del antiguo juramento

que prestaron aquellos caballeros

de ser lo que ignoraban, argentinos,

de ser lo que serían por el hecho

de haber jurado en esa vieja casa.

Somos el porvenir de esos varones,

la justificación de aquellos muertos;

nuestro deber es la gloriosa carga

que a nuestra sombra legan esas sombras

que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.

Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,

ese límpido fuego misterioso.

Acompaña foto de “Who Knows”, acrílico sobre tela de 100cm x 80cm