En este viernes de «Contame un Cuento», con la gracia de su pluma, Cristina Juan nos hace reír y casi sin querer nos lleva a reflexionar. Espero que disfruten la aventura.
Mir
Ojalá
Llegué puntual a la reunión de los ex compañeros del liceo y toqué el timbre. Afuera del salón comunal de edificio donde se hacía el asado, un cartel manuscrito con letras enormes y desparejas decía “BIENVENIDA GENERACION 76”. Horrible. Con toda seguridad lo había escrito el hijo… ¡qué digo el hijo!…el nieto de alguno. ¡Qué chonguez todo! ¡Hay que hacer un asado para re encontrarse! Traigan plato, vaso y cubiertos habían pedido por whatsapp, de servilletas nada. Evidentemente siguen siendo los mismos terrajas. Lo único que quiero es volver a ver a Carlos Ariel Sosa. ¿Cómo puede ser que en más de cuarenta años no…?
Mis cavilaciones se interrumpieron cuando apareció una vieja fea con un cartelito pegado en su camisa. Marita López, 6to C, leí.
— ¡Marita! ¡Qué divino verte! ¡Estas i-dén-ti-ca!
—Hola, pasá. ¿Tú sos?
—María Julia Álvarez —le contesté seca a la muy boba que seguro no me había sacado por chicata.
Caminé por ahí esperando verlo. Entre el humo y las panzas no podía encontrarlo. Me interceptaron tres o cuatro mujeres. No tuve más remedio que sentarme con ellas. Un aburrimiento. Que si los maridos, los hijos, la suegra, el ex marido, los nietos.
— ¿Yo? ¡Dios me libre! Nada, nunca me quise casar, por supuesto que no me faltaron pretendientes… —Azafata de Pluna. Antes trabajé en la Onda, lo mío es viajar. Pasado mañana me voy a las cataratas de nuevo.
Seguí participando con desgano. Lo único que quería, era ver a Carlos Ariel Sosa y que me viera. Sobre todo esto último. Lo había querido desde que lo conocí en el primer año de liceo pero el sólo había tenido ojos para Sonia. Ojos, manos, boca.
— ¡¿Qué qué pasó con Sonia?! —pregunté casi gritando.
Escuchar su nombre me había hecho saltar del asiento.
— ¿Cómo que desapareció?…— ¿Desapareció desapreció? …—Ah, así que en 1977.
Maldita Sonia. Me había pasado seis años deseando que se fuera y se le ocurre desaparecer un año después de terminado el secundario. La culpa era toda mía. Al fin y al cabo yo no había especificado ni cómo ni cuándo.
— ¿Quién quiere jugar al trucooo? —una voz inconfundible retumbó por el salón.
Estiré el cuello y lo vi. Lo único que conservaba igual eran esos ojos maravillosos que nunca me habían mirado. Grité “yooo” y sentí un pequeño tirón en la comisura derecha del labio superior. Vi mi reflejo en la botella de vino. Parecía medio Guasón.
Dos días antes había asistido a una sesión de belleza en lo de una mujer que contacté por Mercado Libre. Ni loca iba a pagarle seiscientos dólares a nadie por más doctora que fuera. Ésta me había cobrado cien y aún pensaba que era un robo pero todo sea por qué me mire.
—Mire que el botox paraliza los músculos parcialmente, por eso no se forman las arrugas. Termina de acomodarse en unas dos semanas —me había explicado —no le conviene salir durante esos días.
¡Si claro! ¡Dos semanas y perderme de ver a Carlos Ariel al que busco desde 1976, ni loca!
Con disimulo me acomodé la media sonrisa con la mano. Nadie me había visto.
— ¿Quién dijo yo? —preguntó él de nuevo.
Varios hombres respondieron. Para hacerme oír, exclamé otro “yooo” con gran vehemencia. La boca me quedó como si me hubieran sacado un habano que tenía apretado entre los labios.
— ¿Qué te pasa?
— ¿O mó? Nodo —le contesté a la indiscreta al lado mío mientras otra vez recurría a la terapia manual para poner a los malditos músculos en su lugar —Un calambre —rematé y me fui a jugar.
Como pude me las ingenié para ser pareja de Carlos Ariel.
—Hola, soy María Julia, ¿te acordás de mí? —le dije mientras el repartía las cartas.
— ¿Truco uruguayo o argentino? —preguntó a todos sin mirarme.
— ¡Uruguayo, con muestra, ¿qué te hacés el porteño Carlitos?! —le contestó el de mi derecha.
—Es que tantos años viviendo allá…
— ¿Así que viviste en Argentina? Claro, con razón nunca nos encontramos —dije.
Nada. No me registró. Subí un poco la pollera. Las rodillas no se arrugan mucho y menos si una está sentada. Siguió repartiendo. Tosí. Pedí agua. El de mi izquierda me alcanzó un vaso. Tosi de nuevo. Resignada por el momento, levanté mis tres cartas. Aparecieron el dos y el cinco de oros y el siete de espada. Carlos dio vuelta la última carta del mazo. Seis de oro. Me miró después de casi cincuenta años y cerró ambos ojos, seña inconfundible de que sus cartas eras malas. Las mías en cambio, eran excelentes. Tenía que hacerle una seña por cada carta: levantar bien las cejas, fruncir la nariz, y torcer un poco la boca hacia un lado. Imposible. Parálisis total. Por más que me esforzaba no se me movía un músculo.
— ¿Y? —Carlos Ariel me habló por primera vez en la vida.
La emoción fue tan intensa que me puse roja, muy roja. Púrpura. Intenté vencer al botox con todas mis fuerzas. Se me reventó una vena de ojo. No me importó, con el otro podía verlo a él. Me seguía mirando.
— ¿Yyy?
Sentí que mi cara por fin se movía. Una explosión de gestos se produjo al mismo tiempo. Nada volvió a su lugar por más esfuerzos que hice.
— ¡Un médico! —gritaron a coro mis tres compañeros de juego.
Mientras me subían a la ambulancia me vi en el vidrio de la puerta trasera. Deseé que me tragara la tierra.
Hace de esto una semana más o menos. Acá estoy. Esto está muy oscuro. El hambre es cruel. Algo de líquido tomé. Se me escurre por el lado derecho. El ojo me dejó de sangrar. Creo. No pude bajar las cejas. El olor es asqueroso. No logré desfruncir la nariz.
Cristina Juan
Acompaña, vista parcial de una obra en papel de arroz pintado con tintas acrílicas.
Deja un comentario