Seguimos con los viernes de «Contame un Cuento» y en esta oportunidad volvemos a disfrutar de la pluma de Delia Correa Luna. Aquí los dejo con ella.
Como casi todas las mañanas, caminaba hacia el club. Llovía, el día gris me aplastaba. Me animaba la certeza de que nadar ahuyentaría el bajón, hace tiempo que comprendí que no hay nada mejor que el ejercicio para espantar la mala vibra. De pronto, detrás de la ventana, su imagen me estremeció: peloblanco, vestida de riguroso negro y tez transparente, como si la sangre la hubiera abandonado. Seguí caminando con la sensación de que la parca se había instalado a mi diestra.
Fue el comienzo de una extraña relación, sorprendente, silenciosa. En el siguiente encuentro la observécon curiosidad y ella devolvió mi indiscreto fisgoneo. Día a día nos mirábamos con más naturalidad, hasta que una mañana, nos saludamos con la mano.
Cuando la cortina, impertinente y herméticamente cerrada, se interpone entre nosotras, me invade la tristeza y la inquietud por ignorar el motivo de su ausencia.
Supongo que anda rondando los cien años. Pequeña, de rodete plata sobre la nuca y guantes de lana a los nudillos, escudriña con ceño retraído el ir y venir de los transeúntes. Me imagino que transcurre sus horas, desde la platea de la ventana, sospechando la vida de los actores que recorren su calle.
Nos esperamos. Al doblar la esquina lo primero que hago es mirar hacia su ventana y ella, alerta, prepara su mejor sonrisa: desdentada pero llena de ternura y cordialidad.
Después de una ausencia, donde la pesada cortina se percibía como una señal de abandono, nos reencontramos abrazándonos con los ojos y arrojándonos un tibio beso con la punta de los dedos.
No sé su nombre, no conozco su voz, sí sé que la voy a extrañar y seguramente mirando el cielo la seguiré saludando, aguardando que entre las nubes se cuele un rayo de sol que me zumbe “aquí estoy”.
Delia Correa Luna
Acompaña foto de «Paz», papel calado a mano, de 30cm x 20cm, año 2020
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