En esta nueva colaboración con mi amiga Mir, deseo presentarles o recordarles, una de las características de la prosa borgiana en la cual confluyen lo tradicional y lo metafísico y donde el maestro logra recrear una experiencia trascendental con una narración simple. Un ejemplo de ellos es el cuento «Los dos reyes y los dos laberintos».
El relato es el número 17 y el último del libro “Aleph” (publicado por primera vez en 1949), una de sus obras cumbre.
En la serie de cuentos que integran la publicación, encontramos los temas más recurrentes de Borges; el tiempo, la muerte, la inmortalidad, la búsqueda del conocimiento, la cábala, los laberintos, las bibliotecas, la referencia a diferentes obras del canon universal, la incapacidad del ser humano de enfrentarse a la eternidad, el universo, la infinitud, los dioses, el azar.
El libro toma el nombre del símbolo matemático א (número álef), que señala el tamaño de conjuntos infinitos y que para las doctrinas místicas de la Cábala significa la multiplicidad infinita del universo. En esta primera letra del alfabeto hebreo, los místicos judíos vieron la raíz espiritual de todas las letras, una letra que las contiene a todas y por ende contiene todos los elementos del lenguaje humano. Según esta tradición la letra álef es un símbolo del universo y de la voluntad divina ya que fue la única letra que los mortales escucharon de la voz de Dios.
«Los dos reyes y los dos laberintos» es un breve relato en el que confluyen dos temas; por un lado la soberbia y por el otro la venganza, representados en sus protagonistas.
Y en el que encontramos, como en todo cuento que se precie de serlo, una moraleja: siempre hay un castigo a las malas acciones. Siempre.
Espero disfruten tanto como yo su lectura o relectura.
LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS
Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: «Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso». Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed.
La gloria sea con aquel que no muere.
Acompaña foto de una obra en papel calado a mano y su sombra, de la Serie «Calados, Encajes y Kiri-e»
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