Otro Viernes más sobre la Ciudad y es una nueva oportunidad para relajarnos y adentrarnos en la lectura.
Hoy presentamos «Clasico» un cuento con el estilo tan particular de Cristina Juan.
Que lo disfruten!
Aquí el cuento:
Pancho, mi ahijado de cuatro años, aterrizó de panza sobre la alfombra peluda. Escondí el pie con el que le había hecho la zancadilla. Y sí, catorce vueltas al living para ponerle el piyama me habían hecho perder la paciencia. Eso, más las dos horas previas.
—Nada de tele, nada de jueguitos electrónicos, nada de jugar a la pelota adentro, ah, y nada de refrescos. Ahí le dejé el pescado con brócoli. Y que se duerma temprano —me había instruido Lorena, mi amiga, mientras salía corriendo descalza, con los tacos en una mano, recogiendo el vestido largo con la otra, rumbo al auto donde la esperaba el marido.
— ¿De qué crimen está acusado el chiquilín? —le grité. No me escuchó.
Por supuesto que no le hice caso. Un viernes de noche de niñera, no era un programa atractivo, menos aún, con condiciones. ¿Qué se creía Lorena?
Dos horas y algo más tarde, habría de lamentar mi rebeldía. Pancho estaba sobregirado, la casa era un caos, el perro se había comido el pescado con el brócoli y lo había vomitado, y yo, me había desparramado en la alfombra de piel de oveja, luego de la infructuosa persecución.
Panchito se sacudió unas hebras de alfombra enredadas en sus rulos pelirrojos.
— ¡Ufff! Me caí —exclamó asombrado.
—La madrina te avisó —le contesté con algo de culpa, no mucha, mientras lo agarraba de un pie y le ponía el piyama —Ahora a la cama que es hora de dormir.
Lo acosté, apagué la luz y me incliné sobre él para darle un beso. Me agarró del pelo.
— ¿Y el cuento? —preguntó sin soltarme.
— ¿Cuento?
—Mamá me cuenta cuentos, sino no Panchito no duerme —dijo hablando de sí mismo.
— ¿Seguro que tenés cuatro, enano? ¿Dónde están los libros?
—Mamá no usa.
Lorena, la perfecta, se debía saber los cuentos de memoria, o los inventaría.
—Soltame el pelo o te hago comer el brócoli con pescado frío —amenacé a Pancho mientras googleaba en mi celular “cuentos infantiles” Encontré una página con cuentos clásicos de los hermanos Grimm.
Empecé por Caperucita Roja. Arrancamos mal.
— ¿Qué es una capesusa? —preguntó Pancho
—Caperuza, no capesusa. Es como una capa con un gorrito cosido.
— ¿No usaba campera?
—No. ¿Queré el brócoli y el pescado?
—No.
—Entonces dormite.
Seguí con el cuento.
“…y entonces el lobo se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas. Caperucita Roja llegó y vió a su abuelita con el gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña. «¡!Oh, abuelita!» dijo, «qué orejas tan grandes que tienes.»… – «Y qué boca tan grande que tienes.» – «Para comerte mejor.» Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.”
— ¿La capesusa esa le tapaba los ojos a la niña? —preguntó Pancho.
—No, la caperuza es como la capa de Batman.
—Entonces era boba, como Micaela, la de mi clase. ¡Qué boluda! Se creyó que el lobo era la abuela…
— ¡Que boquita mijito!
—Y sí. ¡Para tragarse a la abuela y a la capesusita roja…!
Cambié de cuento. “La doncella sin manos”, anuncié.
— ¿Es de terror? Dale, dale. ¿Qué es poncella?
—Donce…Nada. Va otro. Se llama Pulgarcito: “Había una vez un matrimonio de campesinos que tenía un hijo tan chiquito como un pulgar…”
— ¿Qué es un pulgar? Ya sé, donde hay pulgas ¿no?
—No. Es un dedo.
— ¿Cuál?
—Éste.
—Ah.
—Dormite enano.
—Pero contame un cuento.
—Es lo que estoy haciendo. Te cuento el último.
—No me contaste ninguno.
—Brooocoliii.
—Ta, el último y me duermo.
—Se llama Cenicienta —empecé.
“Hubo una vez, hace mucho, mucho tiempo una joven muy bella, tan bella que no hay palabras para describirla. Se llamaba Cenicienta. Cenicienta era pobre, no tenía padres y vivía con su madrastra, una mujer viuda muy cascarrabias que siempre estaba enfadada y dando órdenes gritos a todo el mundo. Con la madrastra también vivían sus dos hijas, que eran muy feas e insoportables. Las hermanastras de Cenicienta…”
—Yo me duermo ¿ta?, pero ¿qué es madastra?
—Es ma-dras-tra. Es la esposa del padre.
— ¿La mama es la mardasta?
—No, es cuando la madre se mue…, cuando los padres se divorcian y el papá se casa con otra señora.
—Ahhh. Entonces Lucas tiene madrastra y Santi y Manu y Paula y Jero y Seba y Agus y…
Me acordé de la señora Grimm para mis adentros. Me tiré, agotada, en la cama de al lado de la de Pancho. Saqué mi celular del bolsillo y se lo di a mi ahijado que enmudeció ipso facto. Lo último que oí fue el ruido de sus dedos tecleando en mi teléfono.
—Encontró los jueguitos —pensé y me morí. Lorena me despertó. No sé qué hora era. Pancho seguía despierto. No parpadeaba. Parecía catatónico. El ruido de las teclas era como una música de fondo.
No me llamaron más para hacer de baby sitter.
Cris. Me hiciste reír mucho . Muy bueno!!!
Excelente!!!