Para este final de año, adelantamos «Viernes de Contame un cuento», pues la entrada escrita por mi querida Jaquie Kuscich lo justifica. Los dejo con ella. Que los disfruten!
Parece mentira pero hemos llegado al final del 2020. Un año que, sin lugar a dudas, ha estado lleno de emociones y ha supuesto grandes cambios en nuestras vidas.
Una de las más gratas novedades para mí, fue esta colaboración con mi amiga Mir, en la que me invita a hablar sobre, para mí, el mejor escritor del siglo XX, nacido como Jorge Francisco Isidoro Luis Borges en el centro de la ciudad de Buenos Aires (calle Tucumán al 840) en el siglo anterior.
A los 15 años se traslada junto a su familia a Europa para que su padre se someta a un tratamiento oftalmológico, ya que había comenzado a padecer la misma ceguera progresiva que luego sufrió su hijo.
Regresa a Argentina en 1921 y vuelve a pisar esas calles que había recorrido cuando tan solo era un niño. Retorna a un Buenos Aires donde los espacios habían mutado y los tiempos no transcurrían como antes. En su autobiografía, Borges relata que “aquello fue algo más que un regreso al hogar; fue un redescubrimiento. Fui capaz de ver a Buenos Aires con avidez y vehemencia porque había estado fuera mucho tiempo. La ciudad, no toda la ciudad, por supuesto, sino algunos pocos lugares que emocionalmente me significaban algo, inspiraron los poemas de mi primer libro: Fervor de Buenos Aires”.
Su pasión por la lectura lo conectó con la eterna reflexión sobre el tiempo. De la mano de su institutriz inglesa y de su padre, educador, comprendería que la unión de las letras podía crear fantasías inimaginables, a las que les podía dar su propio significado. A través de ese proceso aprendería que podía sumergirse en otros tiempos y otros espacios tan solo haciendo un movimiento de sus manos que acababa con el suave ruido del paso de las páginas.
Fervor de Buenos Aires es su primer libro de poesía y se publica en 1923. Desde entonces, el concepto del tiempo es un elemento preponderante en su obra, en sus poemas, cuentos y ensayos. Géneros que, quizá, le abrieron la posibilidad de sumergirse en diversos lenguajes para descubrirlo de la manera más íntima y profunda posible.
Les acerco un breve poema de ese libro como presente para el brindis de fin de año. Una poesía simbólica y bella, doblemente bella, intelectual y gramaticalmente y que además inspira a reflexionar sobre la contradicción del tiempo que pasa y la identidad que perdura, un problema metafísico que le fascinaba a Borges.
¡Les deseo un excelente 2021 y espero lo disfruten!
Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.
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