En viernes de «Contame un cuento» seguimos deleitándonos con la pluma de Maria Cristina Laluz. En este caso con un emotivo relato que nos lleva a reflexionar. Que lo disfruten!

LA CAJA

 

Sus manos caducas, deformadas por la artrosis, son garras, garfios, tenazas apenas útiles.

Sin embargo cada día le ayudan a cumplir el ritual que la mantiene viva.

No sabe cuánto tiempo lleva haciéndolo.

En los meandros de su memoria a veces aparece la cara de la abuela y su mirada cómplice al regalarle la caja de madera, pequeña, con arabescos que formaban su nombre.

Amó más la mirada que el regalo. Y allí lo decidió.

En la época en que es natural comenzar colecciones, ella eligió miradas.

La caja fue el receptáculo.

Apenas la abría, para que no escapara una, mientras guardaba otra.

El tesoro escondido creció a borbotones.

Guardó la acariciante de la madre, miel de ojos grandes, turbia de lágrimas, brillante de sonrisas. Guardó las de su padre, severa a veces, ofuscada o calma, renegrida de amor, siempre confiable.

Les dio lugar a las de los hermanos: tímidas, aguerridas, ansiosas, huidizas y presentes.

Amigos entrañables también fueron llegando y ella rescató los ojos claros, la divertida placidez de la inocencia, la picardía de compartir los juegos, la tibieza, el enojo, el temor y el desencanto.

Cada maestra y cada profesor dejaron su memoria protectora, cercana o elusiva.

Llegó a la adolescencia y su sed de miradas se sació en la de un chico.

Se estrenó el amor. Y se unieron sus vidas. Y pareció que nada más cabría en la caja.

Pero no pudo olvidar su pasión por andar siempre en búsqueda, atrapando, reconociendo, atesorando.

Cuando la entrega fructificó en milagro, la mirada del hijo se convirtió en remanso.

La acompañaba en el trabajo, el apremio de horarios, los compromisos urgentes, las tensiones, los desencuentros, los encuentros esperados.

Los viajes en el ómnibus ampliaron su escenario. Vio miradas lánguidas, perdidas, concentradas, crispadas, luminosas, lastimeras, indiferentes, agresivas, cálidas, heladas, compasivas. Todas la estremecían. Todas tenían algo que iba a dar a la caja cuando hacía el recuento de sus días extensos en el silencio de la noche. Nunca estaba tan cansada como para no guardar la cosecha diaria.

El tiempo pasó. El tiempo siempre pasa. Quedó sola. Sola de afectos, de miradas, sola.

En el residencial, vigilada por la ofensiva e impaciente enfermera, repite el gesto que la mantiene viva.

Con sus manos caducas, deformadas por la artrosis, con sus garras, garfios, tenazas apenas útiles, ella abre la caja y recupera su historia.

 

María Cristina Laluz

Acompaña foto del cuadro «Búsqueda Interior», acrílico sobre tela de 120cm x 90cm