No puedo creer que ya pasó una semana, nuevamente viernes!
Y es día de «Contame un cuento».
Momento ideal para relajarnos y disfrutar de una buena historia. En este caso: «Sed de Verano» un cuento de María Cristina Laluz.
Que lo disfruten!
SED DE VERANO
Se encontraron sin buscarse, en esa ciudad distante del mar. Casas bajas, que no tapaban la vista de los cerros que la rodeaban. Gente simple, que gozaba del tiempo que pasaba lento, a la medida exacta de sus ritmos vitales.
Margara venía, llena de colores en la falda larga, la camisa abierta hasta el comienzo de los , pequeños senos, la vincha que intentaba separar su cara de adolescente de la mata de cabello ondulado que se extendía hasta la mitad de la espalda. Sandalias artesanales, como las grandes caravanas y la mochila que parecía formar parte de su cuerpo. Caminaba erguida, desafiante, la mirada aguda deteniéndose en todo lo que la rodeaba.
Entró a la biblioteca, como siempre. Era una lectora voraz de novelas. Sacó de su mochila un enorme volumen y lo devolvió a la aburrida bibliotecaria. Se dispuso a elegir otro, y recorrió, lenta, los estantes.
Sus ojos se cruzaron sobre los libros. Hubo un destello electrizante y una sonrisa espontánea entre las dos. Siguieron caminando cada una por su pasillo y mirándose cuando se detenían. Margara no podía concentrarse en la búsqueda. Pasaba la vista sin ver sobre los lomos, menos significativos que nunca.
Estuvieron un rato en ese juego de escondidas, deslizándose con la sensación de no tocar el piso. Margara tomó un libro al azar. Ella tomó otro. Caminaron hasta el mostrador. Quedaron lado a lado.
-Tú, primero.
-No, tú.
La bibliotecaria las miró, distraída y tomó los dos libros. Buscó sus fichas, hizo su tarea con desgano y se los devolvió, cambiados. Sonrieron y salieron juntas.
-Voy a conocer tu gusto.
-Y yo, el tuyo.
-¿Quieres tomar un café?
-Tengo unos minutos. Dale.
Fueron hasta un bar pequeño, con mesas y sombrillas en la vereda. Se sentaron.
-¿Cómo te llamas?
-Verónica. ¿Y tú?
-Margara.
Antes que llegara el mozo se habían enfrascado en una charla poblada de sonrisas. Descubrieron afinidades.
Verónica tenía ojos negros. Usaba una melena corta, con flequillo. Vestía una minifalda de jean y una remera ajustada, con diseño brillante. Sus sandalias de tirillas descubrían unos pies pequeños, con las uñas pintadas de rojo, como las de las manos.
Extendieron la charla, bebiendo el café a pequeños sorbos, demorándose.
-¿Cómo no nos encontramos antes en la biblioteca?- dijo Verónica.
-Vine a pasar el verano en la casa de mis tíos. Llegué la semana pasada. Lo primero que hice fue asociarme. No puedo pasar un día sin leer.
-Yo tampoco.
Las miradas se detenían con fruición, como necesitando cada una el alimento de la otra. Se hizo un silencio, complaciente, cómodo. Al fin, decidieron encontrarse al día siguiente.
Tomaron direcciones opuestas, sintiendo que las dos caminaban hacia un mismo lugar. Ajeno a todo y a todos, únicamente de ellas.
Esperaron ansiosas el momento de la cita. La noche cálida las vio compartir una cerveza helada, en el mismo bar.
-¿Quieres venir a casa?- preguntó Margara.
-Bueno- contestó, resuelta, Verónica.
La casa minúscula tenía el sello de la dueña. Profusión de colores, pinturas, artesanías, almohadones en los rincones, luces difusas. Margara se movía a sus anchas, felina y grácil, entre los objetos que formaban un conjunto armonioso y disarmónico a la vez.
Bebieron té de jazmín, envueltas por el aroma de inciensos de vainilla.
Verónica notó una extraña sensación de pertenencia a ese lugar. Como si lo hubiera buscado desde siempre y al fin lo hubiera hallado. En realidad, no era solo el lugar. De alguna manera inexplicable, también Margara era el puerto al que quería llegar en esa ciudad lejana del mar.
Pasaron horas charlando. El viento hacía sonar los llamadores de ángeles cercanos al ventanal que daba a un pequeño jardín, un poco caótico y salvaje.
El descubrimiento las dejó confusas y felices. Surgió en un roce de manos imperceptible. Los ojos y la piel dijeron mucho más que las palabras. De ahí en más, todo fue límpido y gratuito. Un regalo de la vida para zambullirse en la experiencia del amor sin trabas, sin expectativas, sin prejuicios.
Anduvieron los días y las noches desvaneciéndose entre la gente, mimetizadas con el paisaje, enredadas en lecturas trasnochadas de sueños y poesía. Tallo y flor. Luna y estrellas. Sal y sol. Lágrima y sonrisa. Agua y viento.
Despojadas de silencio, cada una encontraba en la otra el eco nuevo, la complementariedad pura, la síntesis de todos los encuentros posibles, la complicidad para imaginar un destino a tanta plenitud que las desbordaba.
El verano pasó como una ráfaga.
En la terminal de ómnibus, Verónica mostraba ese aire de orfandad precoz que tienen los que se despiden. Margara temblaba. Un abrazo tenaz les encendió la certeza del tiempo compartido.
Las dos se vivieron mejor en la distancia. Se desnudaron de dudas y se vistieron de nostalgia. Entre el mar de seres anónimos que las rodeaban, recogieron caracoles pequeños, pisaron arena húmeda de tempestades, anuncios de naufragios, y se dejaron ir, olas aladas, cielos de fuego, vientos de sal.
María Cristina Laluz
Acompaña foto de «Mariposas», acrílico sobre tela de 120cm x 80cm, año 2018.
Un hermoso relato de amor. Muy buenas descripciones, con emoción, que atrapa al lector hasta llegar al desenlace. Me encantó!
Gracias Catalina! Me alegra que te haya gustado. Hasta pronto!
Hermoso relato del amor. En el break time de mi día…..aire. Gracias!
Que bueno que lo hayas disfrutado Sil!
Love you! ❤️