Mark Rothko es uno de mis artistas predilectos. Tuve la oportunidad de ver varias de sus obras y lograron involucrarme aún más con el color y la intensidad de la pintura. 

El periodo pictórico de Rothko que me gusta mas es el que va de 1949 a 1970, es el que reúne la obra que se convertiría en sinónimo de su nombre. 

Nació en Rusia en 1903, de pequeño se trasladó junto a su familia a Estados Unidos y falleció en New York en 1970.

Pasó muchas necesidades, encontró su mundo en la pintura y formó parte del grupo de pintores denominados “expresionistas abstractos”, agrupación formada en Nueva York durante la depresión económica de la posguerra, también conocida como la “escuela de Nueva York”.

Ellos entendían que los sentimientos debían exteriorizarse a través de la acción pictórica. Entre algunos de sus miembros se encontraban Jackson Pollock, Willem de Kooning, Barnett Newman y el propio Mark Rothko.

A él no le gustaba que lo clasificaran como artista abstracto ni como gran colorista. Según sus palabras: “Un cuadro cobra vida ante la presencia de un espectador sensible, en cuya conciencia se desarrolla y crece. Sin embargo, la reacción del espectador también puede ser letal. De ahí que el hecho de traer un cuadro al mundo constituya un arriesgado y cruel atrevimiento…”

Decía que no le interesaba la relación entre color y forma ni nada por el estilo, que sólo le interesaba expresar las emociones humanas más elementales. La tragedia, el éxtasis, la fatalidad del destino y cosas así.

La profundidad espacial y la fuerza meditativa de sus cuadros son únicas. Sin dudas estar frente a esos cuadros de gran tamaño, que fueron realizados con varias capas de pintura superpuesta, donde él depositaba mucho de su energía física y psíquica, hace que se genera un diálogo entre el espectador y el cuadro.

Esta foto es de febrero de 2014 en la Tate Modern Gallery de Londres. Fue la primera vez que una obra me emocionó hasta las lágrimas. Fue una experiencia muy conmovedora!

Sus cuadros están expuestos en un espacio compacto, de luz reducida, tal como él quería. Eso permite al espectador internarse en su universo de silencio y concentración y captar cómo la sutileza de las capas superpuestas de color van emergiendo lentamente revelando ese carácter solemne y meditativo que buscaba este gran artista. 

Gracias Rothko, Gracias Tate!